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martes, 19 de noviembre de 2013

DRAGON BALL

En aquel cuarto sólo se oían los golpes que Gohan lanzaba con sus puños contra el saco. Gohan no miraba al saco, no miraba nada. Mantenía los ojos cerrados desde hace varios minutos. Las lágrimas que de vez en cuando emanaban de sus cerrados ojos se confundían con las perlas de sudor que invadía todo su cuerpo, moldeado a sus 21 años tras media vida entrenando. Los sonidos involuntarios del esfuerzo de golpear aquel saco colgado del techo camuflaba sus sollozos. Unos leves golpes en la puerta cerrada del cuarto le hace parar.

- Hijo, ¿estás bien?
- Sí, madre,- responde Gohan, jadeante, tras unos segundos, deteniéndose y parando el vaivén del saco.
- Gohan, baja a cenar. Por favor,- se notaba cierta preocupación en la voz de la mujer.
- No tengo hambre.
- Pero…
- He dicho que no tengo hambre, madre,- Gohan alzó la voz nervioso. Silencio. Al fin se oyen los pasos de su madre alejándose.

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Chichí llega al salón, sollozando, tapándose el rostro con las manos. Ox Satán acude junto a ella para consolarla entre sus brazos.
- Igual que su padre,- murmura Muten Roshi.
- Este niño acabará conmigo,- responde Chichí entre sollozos.
- Vamos, hija. Cálmate un poco,- le pide su padre.
- Chichí, déjale que se tome su tiempo,- le contesta Muten -. Acaba de perder a su padre y es normal que quiera estar solo. Además, como super guerrero que es, no desea que nadie le vea llorando.
- Cierto. Llorar es de débiles,- le interrumpe Vegeta, en un rincón, dándoles a todos la espalda.
- ¿Cómo puedes ser tan insensible, Vegeta?,- le recrimina la viuda.
- Además, tú tampoco fuiste un super guerrero esta mañana, durante el entierro,- continúa Bulma.
- No sé de qué me hablas…
- No te hagas el loco, Vegeta. Que te vi llorar.
- ¡Yo no lloro!,- Vegeta se da la vuelta, enojado.
- ¡Anda que no! Si en cada pala de tierra que echaban al ataúd, tú derramabas una lágrima.
- Se… se me había metido un grano de arena en el ojo… nada más…
- Ya, ya… Un grano de arena…
- Admítelo Vegeta,- responde Krilin -. Le vas a echar de menos.
- ¿Yo? ¿Echar de menos a Goku? ¡Bah!
- Y por eso lloraste,- continúa Krilin -. Porque le quieres. Goku ha conseguido lo que nadie pudo jamás: ablandar ese férreo corazón tuyo.
- ¡Mentira! Si lloré fue porque no fui yo quien le llevó a la tumba.

Al oir esa respuesta, Chichí reanuda su llanto.

- ¡Oh, Vegeta! Estúpido hombre sin corazón,- murmura Bulma, acudiendo junto a Chichí. Piccolo toma a Vegeta del hombro y se lo lleva fuera de la sala.

- Oye, Vegeta… No hace falta que seas tan antipático,- le dice -. Todos sabemos que tras todos estos años, tú, igual que yo, le hemos cogido un gran aprecio al bueno de Goku. Ha demostrado ser uno de los más grandes saiyan de la Historia. Y tú y yo lo hemos comprobado cuando luchamos contra él.
- Mentira,- le interrumpe bruscamente Vegeta -. El mejor saiyan de la Historia soy y seguiré siendo yo,- Vegeta se aleja de Piccolo unos pasos, dándole la espalda.
- Vegeta…

Durante unos segundos en silencio, Piccolo aprecia el sonido inefable de un sollozo.

- Goku…,- murmura Vegeta, con la voz entrecortada -. Goku… es un maldito egoista.
- Vegeta…
- Irse así, ¡sin más! ¡Sin ni siquiera terminar el combate que los dos empezamos hace años!,- se vuelve, con lágrimas en los ojos -. ¡Goku es un maldito egoísta que no es capaz de pensar en los demás!,- Vegeta se abraza a Piccolo, desahogándose sobre su pecho -. No ha pensado en cómo me sentiría yo cuando él no estuviera…,- Piccolo le abraza fraternalmente -.

- Como le cuentes a alguien lo que acaba de pasar, te juro que irás a hacerle compañía,- responde Vegeta, tan agresivo como siempre, tras calmarse.
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-¿Por qué, padre?,- murmura Gohan, abrazado al saco -. ¿Por qué? ¿Por qué tuviste que irte tú?,- y hunde su rostro lloroso en la tela del saco.
- Gohan…

Una suave voz le hace volverse.

- Goten. Trunks. ¿Qué hacéis aquí?,- Gohan se limpia las lágrimas con el brazo a la vez que les habla con voz templada y apacible.
- Hermano, ¿estás bien?
- Perfectamente. Estaba entrenando un poco,- vuelve al entrenamiento -. No hay que desperdiciar ni un segundo.
- Tenemos diecisiete años. No somos niños. Sabemos lo que te pasa. Hermano…,- Goten se acerca a su hermano y posa una mano sobre su hombro. Gohan se para y vuelve el rostro. Los dos se quedan mirándose a los ojos durante un momento para acabar abrazándose fuertemente. Gohan empapa el hombro de su hermano.
- ¿Cómo pudo atreverse a morirse?,- pregunta Gohan entre lágrimas -. ¿Cómo se le ha ocurrido morirse en un momento así?
- Piensa que ahora estará con Kaito, y, aunque no podamos verle más, sí podremos oírle.
- No es lo mismo, Goten. No es lo mismo. Había aún tantas cosas por hacer entre los dos…
- ¿Y yo qué?,- Goten responde con cierto enojo. Su hermano se separa y le observa sorprendido -. La primera vez que murió yo ni siquiera había nacido aún. Tú aún pudiste disfrutarle cuatro años.
- Pero volvió, ¿recuerdas? ¡Volvió!
- Gohan…,- una nueva voz les interrumpe. Los dos miran hacia la puerta.
- Trunks.
- Gohan., Goten. Yo no sé qué es perder a un padre, pero creo que la mejor forma de vengarle sería vencer a quien le mató. Así que, en vez de desahogar toda tu furia contra ese saco, ¿no sería mejor enfocarla a un verdadero entrenamiento?
- Trunks tiene razón,- responde Goten -. Deberíamos entrenarnos para vencerle. ¡Enséñame hermano!
- Enséñanos,- continúa Trunks,- acercándose a ellos.

Gohan les observa durante unos segundos para terminar por abrazarlos fuertemente a ambos.

- De acuerdo,- les responde -, pero ni una palabra a mamá, ¿eh?,- Gohan observa su cuarto. Ve la ventana tras de sí. Va hacia ella, la abre, mira a los dos jóvenes, sonríe y salta al exterior. Se mantiene flotando en el aire. Con un gesto, invita a los otros dos muchachos a imitarle. Trunks y Goten se miran, sonriendo y corren hacia la ventana, quedándose igualmente en el aire. Se alejan rápidamente.

Tras unos instantes volando, llegan a un claro en un bosque.

- Quiero que golpeéis ese árbol,- les dice tras posarse en el suelo. Trunks se dirige al árbol señalado por Gohan, altivo y prepotente.
- Eso está hecho,- y lo golpea. Como consecuencia, aparece un enorme agujero que atraviesa el tronco del árbol. Trunks vuelve a su lugar con gesto vanidoso.
- Igual que su padre,- piensa Gohan, sonriendo -. Goten, ahora tú.

Goten se dirige al mismo árbol y le golpea con la mano en un lado. El árbol cae.

- Veo que seguís en buena forma,- responde Gohan, rascándose la cabeza y medio sonriendo -. Pero eso no es suficiente para derrotarle. Hay que entrenar mucho y muy duro. A todas horas. Sin descanso.
- Eso lo llevo haciendo yo toda la vida.
- No me cabe la menor duda de ello, Trunks. Todos conocemos demasiado bien a tu padre. Pero desde ahora mismo, yo voy a ser vuestro maestro. Así que,- empieza a hacer ejercicios leves de calentamiento -, lo primero de todo es calentar un poco.

Trunks y Goten le imitan, pero después de un rato, Gohan les contesta.

- Venga. Atacadme,- los dos muchachos le miran incrédulos -. Vamos, que no tengo todo el día.

Trunks y Goten corren hacia él y le atacan a la vez. Gohan se defiende a duras penas, pero logra esquivar todos los golpes. Cada uno vuelve a su posición inicial.

- Muy bien,- responde Gohan, jadeante y sudando -. Pero no es suficiente,- se quita la camiseta -. Ahora vais a saber lo que es una pelea de verdad,- y los tres continúan su entrenamiento. En un despiste, Gohan ataca a los dos jóvenes y les inmoviliza atrapando sus cuellos en sus brazos. Gohan ríe mientras los otros dos pelean por liberarse, en vano -. ¿Pensábais que podríais vencerme tan fácilmente? Os recuerdo que el tío Piccolo me entrenó cuando mi padre murió la primera vez. Y si yo os he vencido en apenas unos minutos, imaginaos qué no os haría la bestia que está asolando el planeta.

Gohan les suelta. Goten y Trunks retroceden unos metros, mirando enfurecidos a Gohan, quien ríe.

- No te rías, Gohan,- responde Trunks -. Porque Goten y yo tenemos el ataque perfecto para derrotarte, no sólo a ti, sino a cualquiera que se nos ponga por delante. Incluso a ese que está destrozando nuestro planeta.
- Eso quiero verlo.

Los dos muchachos se miran a los ojos. Se desprenden de sus camisas. Se abalanzan sobre Gohan. De la fuerza del golpe, Gohan cae al suelo, mientras los dos jóvenes quedan sobre él. Con fuerza, entre los dos, le inmovilizan los brazos, por encima de la cabeza, mientras le lamen los pezones.

- ¡Eh! ¿Se puede saber qué estáis haciendo?,- grita Gohan.
- Mostrarte nuestra arma secreta,- le responde Trunks, besándole al momento. Goten continúa recreándose en los pectorales de su hermano. Gohan trata de librarse, pero Trunks y Goten poseen más fuerza que él, y acaba cediendo a ellos.

Gohan asciende por el cuerpo de su hermano para recrearse en su cuello y poco después se encuentra con Trunks, con quien acaba fundiéndose en un apasionado beso. Gohan abre los ojos y les ve, absorto. Ya liberado, sólo puede mover uno de sus brazos para acariciar los rostros de la pareja. Los dos dejan de besarse, y sonríen mientras miran a Gohan de refilón. Trunks y Gohan de quitan los pantalones. Gohan se queda junto a su hermano, mientras Trunks le quita a Gohan también los pantalones.

- ¿Qué… qué vas a hacer?

Trunks responde con una sonrisa algo malévola al tiempo que toma las piernas de Gohan y las eleva por encima de sus hombros. Gohan lanza un sentido quejido al tiempo que Trunks comienza con sus envites. Los gritos de dolor placentero de Gohan resuenan por el bosque.

- Goten, haz que se calle,- le pide Trunks al joven, entre jadeos y sudores. Goten se acerca a la cabeza de su hermano e introduce su erecto miembro en la boca del mayor, quien comienza a usar su lengua para deleite del pequeño.

Trunks no podía apartar la mirada de la cara de Gohan, quien, con ojos cerrados, se recreaba con su hermano. Goten, con la cabeza de su hermano entre sus manos, y la cabeza echada hacia atrás, se dejaba llevar por las sensaciones que, por primera vez en su vida, sentía en esos momentos. Trunks se fija entonces en cómo Gohan mostraba el placer y gusto que todo aquello le daba, y, para ayudarle a acabar con su represión, toma entre sus manos el bálano de Gohan y comienza con la sesión de alivio. Gohan abre los ojos, separándose de su hermano.

- No, Trunks. Para. Prefiero guardarme eso para él,- mira a Goten.

Trunks comprende. Se separa de Gohan, quien toma a Goten y lo tumba, para acabar poniéndose sobre él y penetrarle. Goten cierra con fuerza sus ojos y gesticula el dolor que siente, pero Gohan no puede apartar la mirada de él. Comienza a moverse suavemente. Trunks se prepara para continuar con Gohan, pero le detiene.

- No, Trunks. Déjanos a solas.

Trunks se aparta unos pasos de ellos, observando la escena y recreándose en ella.

- Goten… Goten…,- le llama en susurros su hermano -. Mírame, hermano.

Goten abre los ojos. El contacto visual entre los dos hermanos se crea, perdiéndose cada uno en la mirada del otro. Gohan, con la mayor caballerosidad, le muestra a su hermano todo el amor fraternal que le ha procesado durante toda la vida.

- Go… Gohan…,- es lo único que consigue decir el pequeño, al tiempo que realiza un leve movimiento de ojos, señalando donde se encontraba Trunks. Gohan le ve, mira a su hermano, y asiente.

- ¡Trunks!

Trunks se acerca, alegre. Gohan, en esa llamada, ha accedido a lo que Trunks, momentos antes, pretendía hacer pero que él no permitió. Y así es cómo los tres jóvenes dan rienda suelta a sus instintos y externalizan todo el amor que sentían entre los tres.


Aquel tumulto de piernas, brazos y cuerpos, acompañado de jadeos y respiraciones, y bañado en millones de gotas de sudor, se desenmaraña cuando los dos hermanos se separan de Trunks. Gohan queda tumbado en suelo mientras Goten y Trunks se arrodillan a cada lado del mayor, y así los tres acaparan los últimos segundos en amarse egocéntricamente. Llegado el momento, los dos menores esparcen sobre el perlado cuerpo de Gohan el resultado final de toda aquella orgía sin control. Gohan se empapa igualmente de su propio jugo, y, tras calmarse sus respiraciones a un nivel normal, acaban los tres tumbado en el suelo del bosque, para descansar plácidamente. Trunks y Goten se abrazan a Gohan, quien les protege a cada uno rodeándoles con sus brazos, y así toman descanso mientras las ramas de los árboles les protegen para que el sol no les desvele.


viernes, 2 de noviembre de 2012

HETALIA (GerIta)

Aprovecho esta parte del blog para publicar un fic (oneshot) sobre Hetalia, dedicado especialmente a mi amiga @Wengermina, que es una gran fan de Hetalia, y seguro que la gustará.

Aquella pesada puerta chirrió al abrirse. El general Ludwig empujó al joven y débil Feliciano al interior de la sombría y húmeda mazmorra, cayendo al suelo, cansado y jadeante. Con mirada altiva, le lanza con desprecio aquel trozo de tela que a la vez le servía de único abrigo al joven prisionero. Feliciano apenas podía moverse, tenía la suficiente fuerza para extender su brazo, con amagos de querer avanzar, arrastrándose, pero no podía. La túnica que le lanzó el general cayó sobre él. Feliciano lo toma con la otra mano, como tratando de taparse con ella. Ludwig le observa, arrogante, durante unos instantes, antes de cerrar la puerta con un gran golpe. Se asoma a la ventana de la puerta. La luz de las teas del pasillo apenas alumbraban el interior lóbrego de la prisión del joven cautivo, el cuál, logra volverse y mirarle, con ojos piadosos. Ludwig gira el rostro, apático, y se marcha.

No sabía por qué, pero no podía reprimirse. Había tenido multitud de esclavos, y a todos los había tratado de igual forma (lo que explicaba la muerte de tres de ellos de manera involuntaria, aparte de otros dos que se suicidaron). Él realmente era una persona buena, que mostraba su ira y sadismo en el campo de batalla, pero era ver al esclavo de turno postrado ante él y poseerle el mismo ansia y descontrol que en el campo de batalla. Pero con Feliciano, con aquel pobre muchacho... Con él era diferente. Mientras estaba con él, siempre se apodera de sí mismo el mismo poder que en el campo de batalla, pero luego, cuando lo devolvía a su cárcel, le invadía un sentimiento extraño, una sensación de malestar general que le llegó a producir varias noches de insomnio. Esa sensación era lo que oyó mencionar alguna vez como remordimientos o conciencia.

Ludwig tenía ya por costumbre abusar de sus esclavos antes de irse a dormir, pero si ganaba la batalla en la que se presentaba, toda la soberbia resultante le conquistaba y hacía aumentar su sadismo hasta cotas increíbles (aún recordaba al esclavo anterior, suplicando por su vida y luchando por sobrevivir antes de exhalar su último aliento entre sus manos), pero era peor cuando perdía, desahogándose en el esclavo de turno. Pero era una fuerza que le sobrepasaba, un sentimiento del que era incapaz de dominar; es más, siempre le dominaba a él. Era ver el terror en los ojos del esclavo y sentirse superior, gigante, con poder de hacerle cualquier cosa al prisionero de turno. Era ver en los ojos de su pasivo un sentimiento de inferioridad extrema y sentirse como un dios. Le excitaba sobremanera que suplicaran, le hacía creerse invencible. Pero Feliciano...

Aún recuerda el día que lo conoció y le hizo su esclavo. Entraron a arrasar aquel poblado etrusco para expandir el poder del Imperio. Todos sus pobladores huían, algunos les hicieron frente, pero ellos acabaron por aniquilarlos. Cuando Ludwig finalmente se apeó de su caballo cuando acabó todo, se dispuso a investigar las casas de la aldea, pero mientras investigaba en una de ellas, notó cómo algo le atravesaba el cuerpo. Y el alma. Su quejido hizo que entrara un par de sus soldados, con las espadas desenvainadas. Ludwig se dio la vuelta y le vio. Su primera reacción fue darle una bofetada con el dorso de su mano, haciendo que su atacante cayera al suelo, de espaldas. Los dos soldados iban a darle el golpe de gracia con las espadas, pero Ludwig les detuvo a tiempo con una orden de voz. Los dos soldados se detienen y se giran hacia su superior, quien trata de ver su costado. Un pequeño reguero de sangre emanaba de su costado. Ludwig observó al joven que le había herido, aún con la daga con la que le hirió en la mano. Un sentimiento de ira sin igual le invadió y a punto estuvo de darle él mismo la estocada fatal, pero el terror que salía de los ojos de su atacante le hizo detenerse. Él jamás había cedido ante la súplica de su enemigo, pero aquel joven... con ese muchacho era diferente. Y le tomó como su nuevo esclavo.

Aquella misma noche pidió que se lo presetaran en su tienda. Cuando el soldado se lo llevó, lo tiró despectivamente ante el general, haciendo que el joven se postrara.

- ¿Cómo te llamas?,- recibió la callada por respuesta.

- ¡El general te ha dicho que cómo te llamas!,- el soldado le amenaza con la espada. A un gesto de Ludwig, el soldado envaina.

- Dejadnos solos,- cuando la tienda queda despejada, Ludwig insiste en su pregunta -. ¿Cómo te llamas, joven?

- Fe... Feliciano,- tartamudea el joven, con un hilo de voz.

- Esta mañana me heriste. ¿Sabes lo que eso significa?

- Que debí haber usado aquella daga para darme muerte a mí y no a ti.

- No. Significa que tienes mucho valor, muchacho. Es la primera vez que alguien me hiere sin ser soldado enemigo. Porque no eres soldado, ¿verdad?,- el joven gira el rostro -. Dime, ¿qué edad tienes?

- Dieciocho años...

- ¿Y con esa edad no eres soldado?

- Nosotros éramos una aldea pacífica. No necesitábamos de soldados ni armas.

- ¿Y qué hacéis si os atacaban?

- Huir,- ante esa rotunda respuesta, Ludwig se queda sin palabras, recostándose sobre su silla, mesándose su incipiente barba -. ¿Por qué me habéis dejado vivo?,- Ludwig se sorprende -. ¿Por qué no acabasteis conmigo, con mi vida y mi sufrimiento, cuando os herí?

- Porque necesito un esclavo.- Feliciano le mira fijamente, sorprendido. Ludwig se levanta de su asiento y se dirige lentamente hasta el joven, que sigue postrado. Ludwig se arrodilla ante él -. Dime, ¿tienes hambre?,- le pregunta mientras le presenta una manzana. Feliciano se apodera de ella y se la come apresuradamente. Ludwig sonríe -. Me hiciste una buena herida, ¿sabes?,- le dice mientras se quita la coraza y le enseña la cicatriz de su costado -. Tuviste mucho valor, no sólo para herirme, sino también para clavarme toda la daga. La herida es profunda. ¿Sabes que con ese valor y ese coraje que tuviste puedes formar parte de mi ejército?

- No... no me gustan las guerras,- Feliciano baja la mirada. Ludwig posa su mano en la barbilla del joven, haciéndole levantar el rostro.

- No me refería a ese ejército,- responde Ludwig, susurrante, mientras se acerca al rostro del joven para besarle suavemente.

- ¿Qué hacéis?,- responde Feliciano, apartándose.

- Ésta es tu penitencia por herirme,- y le vuelve a besar, esta vez, profundamente. Feliciano trata de separarse, pero Ludwig le agarra fuertemente de los brazos. Ludwig le arranca ferozmente su camisa, haciéndola trizas. El joven y laso torso de Feliciano temblaba jadeando, reluciendo por el sudor que comenzaba a emanar de él. El terror que asomaba en su mirada hacía aumentar el deseo del general, quien, incontrolablemente, comenzó a saborear salvajemente el cuello del muchacho, quien pretendía deshacerse de él, pero era imposible. Ludwig le quita las calzas, dejando ver el incipiente vello en el que trataba de ocultarse, en vano, el miembro del muchacho. Ludwig toma al joven de las piernas, alzándolas y apoyándolas sobre sus hombros al tiempo que levantaba el faldón de su traje militar y se acoplaba al cuerpo del muchacho. Los dos soldados que guardaban la entrada exterior de la tienda del general sonreían con cierto halo sádico como respuesta a los alaridos suplicantes de Feliciano, gritos por el dolor y los envites del general.

La vergüenza en las mejillas del joven esclavo, los gimientes jadeos del joven, los tímidos músculos que luchaban por hacerse notar en el vientre de Feliciano, el sudor envolviendo en un halo de brillo exótico su pálido cuerpo, la calidez de su virginal ano... Todo hacía que Ludwig cada vez se excitara más y llegara al límite del sadismo con él. Cada imploración, cada lágrima de Feliciano le hacía elevarse más y más hasta llegar a creerse un dios, un dios que, con un sólo gesto, podría quitarle la vida.

Pero no. Feliciano era diferente. No era como los demás esclavos que tuvo. Con Feliciano... se había enamorado. Notando cercano el cúlmen del acto, le tomó del rostro y le oblogaba a abrir los ojos. Feliciano movía el rostro, negando, como creyendo que todo lo que estaba pasando no era más que una horrible y larga pesadilla de la que desea despertar.

- Mírame... ¡Mírame!

Asustado, Feliciano se calma y, lentamente, abre los ojos, mirándole aterrado.

- Eso es, eso es...,- murmuraba el general -. No cierres los ojos. No los cierres.

Los sensuales movimientos de Ludwig poco a poco tornábanse más lentos, hasta que, con un gemido orgásmico, se detiene, inclinando su cabeza hacia atrás, para luego caer pesadamente sobre el cuerpo del joven, soportando el peso de su cuerpo en sus fornidos brazos, apoyando las manos en el suelo, a ambos lados del cuerpo de Feliciano, a pocos centímetros de su rostro, exhalando su cálido aliento en su cuello. Pesadamente se separa del aterrado cuerpo del joven y se acerca a su silla, arrastrándose cansado y vencido, mientras llama a los soldados que guardan la entrada de la tienda, casi sin voz.

- Lleváoslo y vigiladle. Y darle algo de ropa. Mañana nos lo llevamos a Roma.

Los dos soldados toman al joven Feliciano, hecho un ovillo de temblores y lágrimas, mientras Ludwig reposa y recupera el aliento, sentándose pesadamente en su asiento.

Y de aquello ya habían transcurrido varias semanas.

Desde entonces, suele bajar a la cárcel donde celosamente lo guarda única y exclusivamente para su disfrute. A veces simplemente baja para verle y observarle. Durante horas y horas. Incluso llegó a cruzar algunas palabras, pero Feliciano jamás le respondía. Se escondía en la esquina más sombría para que no le viera. Trataba de acercarle a la luz mostrándole comida para que se acercara. Alguna vez lo consiguió, pero Feliciano, con excelentes reflejos felinos, atrapaba para sí la comida y volvía a su lógrebo escondite a devorar con ansia el alimento.

Con escenas como estas, Ludwig se sentía mal, no conseguía dormir por las noches. Trataba de hacer que su esclavo dejara de temerle, pero era imposible. Prácticamente todos los días le mandaba llamar para violarle, era algo fuera de él, un sentimiento que se apoderaba de todo su ser cada vez que le veía, pero no podía reprimirse. Y se lamentaba de que Feliciano jamás dejara de temerle. Y aquello, por otra parte, le gustaba. Le hacía sentirse como un dios. Y como general del Gran Imperio Romano era algo que ansiaba.



miércoles, 31 de octubre de 2012

ACE LUFFY

-¡Ace! ¡Ace!

Luffy corría llorando hacia su hermano. Ace apenas le da tiempo a darse la vuelta cuando Luffy choca contra él, lo abraza fuertemente y deja que sus lágrimas empapen la camisa de su hermano. Ace le acaricia el cabello, sonriente, disimulando la sorpresa precedete.

- Luffy, pequeño diabillo... ¿Qué has hecho ahora?

- ¡Nada! ¡No he hecho nada!,- Luffy le mira. Ace sonríe -. Tú no me crees,- Luffy baja el rostro y se separa de su hermano.

- ¡Claro que te creo!,- Ace se arrodilla delante de él y le toma de los hombros -. Para algo soy tu hermano mayor. Pero no me negarás que con tu largo historial de travesuras...,- Luffy se da la vuelta violentamente -. Luffy...,- Ace le voltea hacia sí -. Tienes quince años. Es normal que hagas travesuras, pero debes empezar a concienciarte de que eres mayor, y debes empezar a comportarte,- Luffy levanta el rostro. Los ojos llorosos del joven brillan tiernamente mientras su labio tiembla -. Yo siempre te he defendido, aunque hubo momentos que no los necesitabas,- sonríe Ace -. Pero quiero que sepas que no estaré para siempre ahí, así que debes empezar a tener responsabilidades. Ya sabes que yo dije que en cuanto cumpliera los dieciocho me iría de casa, y los cumplí ayer. Ahora serás tú el hombre de la casa, pero siempre que necesites algo, me puedes llamar. Sea la hora que sea.

Luffy le abraza fuertemente, sin poder evitar mostrar su más profunda pena.

- No quiero que te vayas.

- Ni yo, pero tengo que hacerlo,- Ace le separa -. Sé perfectamente que haces lo que haces porque es tu manera de reprobar mi decisión, pero, como siempre dices, ya eres mayor. Y los niños grandes no lloran,- Ace pasa su mano por el rostro de Luffy, limpiándole de lágrimas. Luffy logra calmarse.

- Ace... ¿Puedo dormir contigo?

- ¡Claro que puedes!,- responde Ace, alegre -. ¿Le negué algo a mi hermanito alguna vez?

Luffy, alegre, salta en la cama de su hermano, ocultándose entre las sábanas de la misma.

- ¡Luffy!,- exclama una mujer, entrando en el cuarto -. ¡Deja en paz a tu hermano!

- Tranquila, mamá. No me molesta.

La mujer mira a Ace por unos instantes, hasta que se da la vuelta y se va airada.

- ¡No sé qué voy a hacer con este muchacho!

Ace cierra la puerta, sonriente.

- Pobre mamá, qué dolores de cabeza le vas a dar a partir de ahora,- dice para sí.

- ¡Ace! ¡Cuéntame un cuento!

- ¿Un qué?,- Ace le pregunta tratando de quitarse la camisa.

- Un cuento. Como hacías antes.

- ¿Un cuento?,- pregunta sorprendido, mientras se quita el pantalón -. Así que un cuento...,- Ace finge pensar mientras se mete en la cama.

- Sí. Con piratas, tesoros y monstruos marinos,- Luffy sonreía ilusionado, sentado en la cama.

- Las historias que te contaba Sanks te han hecho mucho daño,- sonríe Ace, recostado -. Venga, acuéstate.

Luffy se tumba junto a su hermano, mirándole absorto, mientras Ace trataba de formar una historia en su mente.

- Pues... no se me ocurre ninguna. Sanks te habrá contado todas las historias habidas y por haber. Seguro que hasta te contó la de Black Sam.

- ¿Black Sam?,- los ojos de Luffy chispeaban ansiosos.

- ¿No te lo ha contado?,- Ace finge sorpresa -. Este hombre... Black Sam era un pirata inglés que se hizo corsario para conseguir el mayor tesoro del mundo para poder casarse con su amada. Rápidamente se hizo con cientos de botines, luchando con feroces enemigos hasta que consiguió el dinero suficiente. Así que volvió a tierra para casarse con su novia, pero justo antes de llegar a tierra, una terrible tormenta hizo que sus barcos se hundieran, muriendo Black Sam junto con todos sus hombres. Y sus tesoros.

- ¿Dónde se hundió?,- Luffy estaba inquieto.

- Tranquilo, hombretón,- sonríe Ace -. Es sólo una leyenda. Mucha gente ha intentando encontrar sin resultados ese tesoro. Venga, cierra los ojos y duérmete,- Ace le arropa.

- Ace. Te quiero,- Luffy le abraza.

- Y yo a ti. Y ahora duerme.

Tras unos instantes en silencio y a oscuras, Ace comienza a notar cómo algo se desliza sobre su cuerpo, llegando a traspasar la barrera del calzón. Va a echar mano para saber qué es, pero se detiene. Está rozando su miembro, acariciándolo suave y lentamente. Un sudor frío comienza a invadirle. Su pene empieza a tomar forma. Entonces nota algo que le hace abrir los ojos de golpe. Ya sabe qué es ese algo que recorría su cuerpo. Sólo había una sola cosa en el mundo que pudiera apretar de esa manera su pene: una mano. La única posibilidad era que fuera Luffy, ya que él mismo no es, pero era algo que su mente no podía asimilar. Su hermano, su propio hermano... Otra mano se deslizaba tras su espalda, bajando su calzón. Cuando su pene estaba liberado de su prisión, comprendió lo que no quería: efectivamente era su hermano, al notar que al mismo tiempo que liberaba su miembro, Luffy bajaba a su nivel.

- ¡Luffy!,- exclama Ace en un susurro, subiendo a su hermano -. ¿Se puede saber qué haces?

- Como es la última noche que vas a estar en casa, quería que fuera inolvidable.

- Pero... ¡tú estás loco! ¡No puede ser! ¿Y si madre se entera? ¿Y si se entera nuestro padre? ¡Nos matará! ¡Nos descuartiz...!,- Luffy le hace callar con un profundo beso en los labios. Ace sintió al instante el gran amor que le tenía su hermano en aquel largo beso, y le abrazó fuertemente, aprovechando aquel beso como si pudiera absorber todo el amor que su hermano le tenía y quedárselo para si, en su interior.

Vencido, Ace cierra los ojos y se deja llevar por el cúmulo de sentimientos que comenzaban a aparecer en su alma, sin percatarse de que su hermano empezó a recorrer su cuerpo lentamente, en un camino de sensuales besos, bajando por su cuello, su pecho lampiño, su vientre incipientemente musculado hasta llegar a su pene, con el que comienza a jugar y acariciar con su húmeda boca. Al primer contacto, Ace toma aire profundamente con la boca muy abierta, para luego expulsarlo entre temblores placenteros de todo su cuerpo. Luffy saboreaba a su hermano lentamente, como queriendo retener ese momento para siempre. Tras unos instantes, Ace se incorpora y toma el rostro de su hermano entre sus manos, haciéndole levantarse y besarle muy sentidamente. Mientras le besa, le domina, tumbándole de espaldas en la cama y posándose sobre él. Durante unos minutos crean una araña de acaricias y besos caóticos, hasta que Ace, tomándose un descanso, observa a su hermano, tumbado delante de él, sonrojado y mordiéndose la yema de un dedo.

- Luffy...,- murmura Ace. Su hermano sonríe tímidamente al tiempo que, con la otra mano, desliza lentamente su calzón -. Pero, ¿estás seguro?,- nueva sonrisa de Luffy, al tiempo que tapa su vergüenza volviendo su rostro entre las sábanas -. Oh, hermanito...,- sonríe Ace, tumbándose sobre él para volver a besarle, abrazarle y poseerle. Luffy cerraba con fuerza sus ojos, llegando a derramar alguna lágrima y ahogar algún grito mientras su hermano se hacía camino en su pudor. La estrechez de su intimidad contrastaba enormemente con la anchura del miembro de Ace, pero evitaba negarse a ello. Fue él mismo quien quería hacerlo, quería guardar ese recuerdo para siempre de su hermano mayor. Lo que no sabía Luffy era que Ace sabía perfectamente que aquello le producía dolor, pero Ace también se negaba a dar marcha atrás. Era lo que su hermano pequeño quería, y por eso trataba de hacerlo lo más suavemente que podía.

Tras varios intentos, Luffy logra relajarse, y el dolor poco a poco empezó a menguar. Ace ya podía moverse con más soltura y la fricción ya no era para nada violenta; es más, era hasta placentera. Luffy jadeaba, abrazado a su hermano. Ace espiraba al mismo ritmo que su hermano, a pocos centímetros de su rostro. No podía dejar de mirar su faz, sus ojos cerrados, su boca entreabierta. Sus cuerpos comenzaron a perlarse con el sudor que el acto les causaba. El cabello de Ace destilaba su sudor, cayendo gota a gota sobre el cuerpo de su hermano. De repente, Luffy abre los ojos y los dos se quedan mirándose fijamente, perdiéndose el uno en las pupilas del otro. De repente, Ace empezó a notar que sus fuerzas le fallaban, flaqueaba su vigor, se sentía cercano al desmayo, hasta que no aguantó más y se desplomó encima de su hermano; había llegado al éxtasis, el final del momento, pero apenas se dio cuenta porque los ojos de su hermano le habían hipnotizado completamente.

- Gracias, Ace...,- le susurra Luffy al oído, entrecortado por la fatiga.

- Luffy...,- murmura Ace. Al momento le abraza, Luffy le responde igualmente, y ambos terminan formando una bola de carne y sudor, cayendo en un profundo sueño.

sábado, 20 de octubre de 2012

20-10-2012

No sé cuánto llevo aquí encerrado. Puede que sean días, semanas, o meses. Siento mi rostro cubierto por una ya mullida capa de vello. Mi barbilla está debajo de todo ese pelo oscuro, y me labio pronto desaparecerá debajo de ese bigote que tanto se empeña en crecer. Debí de haber contado los días nada más entrar, pero, ¿con qué iba a apuntarlo? ¿Y dónde?

Antes de nada, dejadme que me presente. Mi nombre es Sanji, tengo veintidós... diecisiete años. Perdonadme, la costumbre ya. Llevo tanto tiempo concienciándome de que tengo más edad de la real que ya hasta yo mismo me lo creo. Tengo diecisiete años, pero mentí para enrolarme en esta guerra, pero, dadas las circunstancias actuales, casi mejor que hubiera dicho la verdad. Durante las últimas semanas, el batallón al que fui asignado planeó y luchó ferozmente para conseguir conquistar un importante enclave, pero finalmente fuimos masacrados por el enemigo. Yo fui el único superviviente. Aquella bomba que cayó a pocos metros de mí me hizo caer a tierra desmayado por su fuerza. Cuando quise recobrar la conciencia, vi a todo el ejército enemigo rodeándome, como si se estuvieran confirmando entre ellos si estaba muerto. Debí de haber seguido haciéndome el muerto, seguro que habría pasado desapercibido y huir libre, pero cuando me vieron abrir los ojos, me tomaron como su rehén. Y así es cómo he acabado en esta oscura y fría celda de piedra. Al menos fueron humanitarios y me dejaron el abrigo para abrigarme por las noches.

¿Saldré alguna vez de aquí? ¿Quién sabe? ¿Me dejarán libre? ¿Me dejarán vivir? Ni sí ni no, sino todo lo contrario. En esta maldita guerra, o matas o te matan. He pensado muchas veces planes para salir de aquí: por la ventana es imposible: está muy alta, es muy pequeña y me costaría Dios y ayuda quitar esos barrotes. Cavar un túnel también queda descartado: no tengo material y el suelo sólo es arenoso en la superficie, debajo es todo roca. Sólo me queda la puerta de la celda, pero tengo siempre a alguien vigilando. Desde el primer día me han asignado a un muchacho como carcelero. Creo que debe de tener la misma edad que yo, pero su semblante siempre es serio, y su mirada a veces me produce cierto pánico. Lo más extraño es que su cabello en verde. Nunca habla, tan sólo asiente cuando algún superior se dirige a él. Yo tampoco he cruzado palabra alguna con él. De vez en cuando me dedica algún gruñido cuando llega la comida, pero poco más. ¿Qué he dicho? ¿Hablar con él? ¡Si hablamos idiomas distintos, no nos íbamos a entender!

No sé ni cómo sigo aún cuerdo después de todo este tiempo encerrado. Gracias que cada noche, antes de dormir, me saco de una de mis botas la foto de mis padres. Espero que estén bien y no les haya pasado nada. Las últimas noticias que tuve era que un regimiento enemigo estaba ya a pocos kilómetros de nuestra ciudad. Espero y deseo que estén bien, que hayan huido y se encuentren a salvo...

- ¡Eh, tú! ¿Qué tienes ahí?

Una cavernosa voz suena a mi espalda. ¿Quién podrá ser? Sólo está mi carcelero, pero no puede ser él. Él no habla mi idioma.

- ¿No me has oído? ¡Enséñamelo!

El fuerte tintineo de las rejas de mi cárcel me hace volverme. Efectivamente, es él.

- ¿Qué escondes?

- ¿Yo? Na... nada.

- Enséñamelo. ¡Que me lo enseñes te digo!

Invadido por el miedo, se lo enseño.

- Es... es una foto de mis padres... Es lo único que me queda de ellos. Por favor, te lo suplico, no me lo requises. Podéis ensañaros conmigo todo lo que queráis, matadme ya, pero, por el amor de Dios, no me quitéis esta foto.

Espero que las lágrimas que brotan de mis ojos le reblandezca el corazón.

- ¿Tus padres?

La repentina calma en su voz me calma. Se pone de cuclillas delante de la verja. Se echa mano al bolsillo de detrás de su pantalón, sacando una pequeña billetera. De su interior asoma una foto. Invadido por la curiosidad, me acerco.

- Yo también llevo mucho sin ver a mi familia.

Me enseña su foto. Reconozco a mi carcelero, algo más joven, junto a un matrimonio mayor (supongo que sus padres) y un muchacho más pequeño (su hermano quizá).

- ¿Tus padres y tu hermano?

Me contesta con una sonrisa amargada por una lágrima.

- A mi hermano le mataron hace meses, al inicio de la contienda. Mis padres huyeron al norte, para coger un barco que les llevará al otro lado de la frontera.

Tras unos instantes contemplando la foto, me pregunta:

- ¿Cómo te llamas?

- Sanji.

- Yo me llamo Zoro. ¿Qué edad tienes?

- Veintidós.

- ¿Según tu partida de nacimiento o según tu ficha militar?

Esa pregunta me hace sonreír sonrojado.

- Según mi ficha militar. Mi edad real son diecisiete.

- Igual que yo,- sonríe -. ¿Por qué nos hemos alistado? ¿Por qué este afán de querer estar en una guerra, llena de sangre, balas y muerte?

- Quizá porque somos muy jóvenes y es fácil amoldarnos el cerebro con el amor patrio.

- Yo era feliz jugando por las tardes en la calle con mis amigos, estando con mi familia, visitando a mi abuelo...

Vuelve a caer en la llorera. De repente, un sentimiento irrefrenable me invade. Un sentimiento de querer abrazarle y consolarle, pero la maldita verja me lo impide. Sólo consigo sacar mi mano y acariciarle la nuca. Él levanta la vista y la fija en mí. Tras unos instantes mirándonos a los ojos, él se levanta, hurga en su llavero torpemente hasta dar con la llave que abre la puerta de mi celda. De repente, se abalanza sobre mí, abrazándome fuertemente y empapando mi abrigo con sus penas. Yo le devuelvo el abrazo. Tras unos instantes, él levanta el rostro y nos volvemos a mirar fijamente. Y sin saber cómo ni por qué, lentamente nos acercamos hasta besarnos profundamente. Al principio nos abandonamos a la recreación en aquella nueva sensación para los dos, pero pronto nos sumergimos en la pasión. Torpemente nos desvestimos mutuamente y acabamos por el frío y áspero suelo de mi celda. Sus manos, de cierta aspereza, acarician mi espalda, erizando mi piel de placer. Su cuerpo es muy duro y áspero, con los músculos muy resaltados. En cambio, yo, bueno, digamos que no soy tan fornido como él. Nos pasamos todo el rato peleando por ver quién dominaba a quién, batallando con nuestras lenguas, haciendo que nuestros jadeos se materialicen en cálido vapor. En un pequeño despiste mío, él toma el liderazgo, alzándome las piernas e inclinándolas sobre mí mismo. Y él, con cierto ímpetu, consigue profanar el único punto de mi cuerpo que permanecía sagrado.

Aquel dolor, ese placentero dolor me hace evadirme de aquella celda, de aquella guerra y de mi cuerpo. En ese momento sólo somos él y yo. Zoro y Sanji. Sus jadeos e incipientes sudores me llevan al éxtasis. Se abraza a mí, manteniéndome hecho un ovillo, regalándome besos y caricias en mi rostro y cuello. Yo le abrazo con fuerza, presionando mis uñas en su espalda, a modo de que supiera cuánta fuerza está empleando en sus envites.

De repente, se incorpora y, sin pausa, toma entre sus manos mi miembro y comienza a acariciarlo, llevándome al límite del desmayo orgásmico. Cuando estoy a punto de desmayarme a punto de alcanzar el clímax, Zoro cae pesadamente sobre mí, jadeante y sudoroso. Su cálido aliento eriza la piel de mi cuello y, con gran esfuerzo, se separa de mí, yaciendo a mi lado. Yo me vuelvo para verle. Él tiene fijada su mirada en el techo. El sudor le da un brillo sensual a su cuerpo, haciéndome desearle otra vez. Me incorporo para abrazarle, pero él me detiene con un gesto de su brazo. Cuando recupera el aliento, me vuelve a tumbar en el suelo, y comienza a besarme en los labios, marcando seguidamente una ruta por mi cuerpo hasta llegar a mi miembro, continuando con ayuda de su boca lo que su orgasmo interrumpió antes con sus manos.

Pasamos el resto de la noche abrazados, desnudos, con la única cobertura de mi abrigo. Estuvimos mirándonos a los ojos, perdidos el uno en el otro, tratando de atrapar el reflejo que la luna dibuja en nuestras pupilas. Zoro acaba por romper el silencio mágico que nos envuelve.

- Eres libre,- me responde aguantando las lágrimas.

- Pero...

- Vete. Tú tienes familia, como yo. No quiero que nadie sufra como yo he sufrido. Adelante.

- Pero, yo no me quiero ir. ¡Ya no quiero!,- le respondo, con cierto enfado -. No sin ti.

- No es posible. Somos enemigos.

- Pues vente conmigo,- me incorporo, tomándole las manos fuertemente.

- Imposible,- vuelve el rostro -. Si me voy contigo, los tuyos me fusilarán.

- ¿Entonces?

- Si te quedas, mis superiores te matarán. Es más, mucho me temo que me pidan a mí que te dé el golpe de gracia. Y yo no... no podría... Debes huir y vivir.

- Entonces... ¿nunca más nos volveremos a encontrar?

Zoro se tapa el rostro con las manos. Aquel gesto me hiela la sangre. Quería quedarme con él. A pesar de ser enemigos, conectamos enseguida, pero si nos quedamos juntos, uno de los dos acabaría muriendo. Y muy a mi pesar, me levanto, tomo mi ropa, me pongo los pantalones, avanzo hasta la puerta de la celda sin apartar mi mirada de él, me quedo unos instantes en el vano y huyo mientras me pongo la chaqueta.

FIN

RANMA RYOGA

Antes de empezar, debo deciros que este OneShot NO es de One Piece, sino de Ranma. ¿Por qué lo publico aquí? Porque no tengo otro sitio donde hacerlo, y por ello pido perdón, pero es que hace poco que pude verme la serie y me retrajo a mis años mozos, cuando no era más que un infante inocente sin preocupaciones. Dicho esto, los que queráis leerlo, espero que lo disfrutéis tanto o más como yo al escribirlo.

Ranma caminaba bajo la tenue lluvia de aquella fría noche, resguardado por un paraguas. Caminaba cabizbajo, sumido en sus más profundos pensamientos.

- Soy idiota,- se decía a sí mismo -. He tenido multitud de oportunidades, pero esta timidez mía... Esto me pasa por ser tan enamoradizo. Si hubiera tenido la valentía de, al menos, acercarme y quedar para tomar algo o...,- pero una lágrima le interrumpe.

Al levantar la mirada y dirigirla al horizonte, vislumbra una pequeña sombra escondida en un rincón de la calle. Ranma, creyendo que se trata de una rata revolviendo entre la basura, decide pasar de largo, apretando la marcha, pero cuando llega, se para y se queda observando. Se trata de un pequeño cerdito negro, que trata de resguardarse de la lluvia, en vano. Ranma se arrodilla y le tiende la mano, llamándolo.

- Hola, pequeñín. ¿Te has perdido?

El animal, receloso al principio, termina por dar un par de pasos, tímidos, hacia el muchacho, quien termina por acogerlo entre sus brazos, resguardándolo de la lluvia bajo su paraguas.

- Seguro que estarás hambriento,- responde Ranma, al entrar en su casa -. Si te he de ser sincero, no sé qué comen los cerdos, así que lo que vea más natural en mi nevera, te lo daré. Ya me dirás si te gusta o no.

Ranma entra en el baño para tomar una toalla y secar al animal con ella para después ir a la cocina e investigar en la nevera. El cerdito no se separa de sus piernas. Finalmente, Ranma echa en un cuenco agua y en otro algo de verdura y fruta troceada, poniendo los dos cuencos en el suelo, junto al cerdito, el cual devora el contenido insaciablemente.

- Sí que tenías hambre,- sonríe el joven mientras le observa comer. Entonces comienza a palpar el cuello del animal -. ¿No tienes amo? No veo que tengas identificación. Entonces estás como yo, sólo. Sé lo que es buscar deseseperadamente que te quieran, buscar a alguien que se desviva por ti, sin lograrlo,- se quita una tímida lágrima que comenzaba a brotar de sus ojos -. Pero al final nos hemos encontrado el uno al otro. Será cosa del destino, supongo. O que gente como nosotros está destinada a apoyarse mutuamente, quizás. Pero ya te dejo comer tranquilo.

Ranma se retira de la cocina, dejando al cerdito comer tranquilo. Entra en el baño, y, mientras llena la bañera de agua calienta, comienza con el ritual japonés de aseo. Cuando por fin termina, se mete en la bañera, a rebosar de cálida agua, dejándose llevar por el sopor, terminando por adormilarse, pero algo le despeja. La puerta del baño se ha abierto levemente. Ranma se encuentra tan relajado y abandonado de sí mismo que no puede moverse. Incluso si se tratase de un ladrón, o de un asesino, ni siquiera se sorprendería. Se encuentra tan a gusto... Ve entonces que algo brinca al taburete junto al baño, y de ahí al borde de la bañera. De un último brinco, salta al agua, hundiéndose al fondo. Ranma, al principio, no reacciona, pero al ver que el animal no emergía, se incorpora para buscarlo, pero, en su lugar, emerge un muchacho, de su edad, algo más alto de estatura. Está completamente desnudo, salvo por una bandana atada a su cabeza.

- ¿Quién eres?,- pregunta Ranma, asustado. El joven aparecido le hace callar poniendo su dedo índice delante de los labios de Ranma, al tiempo que le chista.

- Me llamo Ryoga, y estoy aquí para hacerte feliz,- y le besa lentamente en los labios.

- Pero...

- ¿No llevabas esperando esto desde hace mucho? Pues entonces calla y disfrútalo,- le susurra Ryoga.

Durante ese largo beso, Ryoga logra imponerse, y le doblega en la bañera, haciendo que se tumbe, colocándose sobre él.

- ¿Qué... qué estás... haciendo?,- pregunta Ranma.

- Nada. Únicamente te estoy preparando.

Ryoga había empezado a acariciar con su mano el peritoneo de Ranma, mientras éste, sin saber por qué, se dejaba hacer. Ranma cerraba los ojos, dejándose llevar, mientras que Ryoga no dejaba de mirarle en ningún momento.

- Ya... ya puedes...,- responde Ranma en un susurro, a lo que Ryoga responde invadiendo la intimidad del muchacho de la trenza.

Ranma había soñado con aquel momento toda su vida, aunque tenía a otra persona en mente. Creía que sería un momento dulce, para recordarlo, pero la realidad era otra, algo más dolorosa. Pero el cálido aliento de Ryoga sobre su rostro, jadeante y acompasado, le excitaba más.

- Ry... Ryoga... Para... para, por... favor...

- ¿Qué ocurre?,- Ryoga seguía con su jadeante movimiento.

- Estoy incómodo...

Ryoga, sin ademán de detenerse, le abraza y le aupa, mientras se sienta en el borde de la bañera, con Ranma sobre él. No se sabe si por el vapor reinante en el cuarto o por el esfuerzo de ambos, pero pronto sus cuerpos brillaban gracias al reflejo de la luz en sus sudorosas pieles. Ryoga alternaba sus miradas clavadas en los ojos de Ranma con sus ansias de devorar el cuello de su compañero. Ranma, por el contrario, se afanaba en agarrarse fuertemente a su amante, queriendo evitar caer, mientras cierra fuertemente los ojos. Ranma notaba cómo Ryoga en cada envite le costaba más y más levantarle, señal de que estaba al límite de sus fuerzas, y que estaba cada vez más cerca del clímax. Quizá por esa sensación, por esa idea anclada en su mente, Ranma no puede evitar hacerla verdad.

- Per... perdona, Ryoga...,- murmura Ranma, sonrojado y avergonzado.

- Tran... tranquilo,- responde Ryoga, entre jadeos, tratando de reponerse -. Yo... yo también... he...,- los dos se miran a los ojos durante un segundo, para terminar porrumpiendo en risas -. Será... será mejor que... me limpie...

Ranma se recuesta en la bañera, relajado y feliz. Ryoga aprovecha para salir del baño.

- ¿A dónde vas?

- Voy a beber un poco de agua,- responde Ryoga, en la puerta.

Ranma responde con un lánguido suspiro, al tiempo que cierra los ojos. Al poco, un ruido le sobresalta. Ranma se levanta asustado, y, dos segundos después, sale de la bañera y corre hasta la cocina. Ahí estaba el cerdito, empapado de agua, junto a una tetera caída en el suelo. Ranma sale de la cocina y va al salón, llamando a Ryoga, pero sólo le contesta el silencio. Con el corazón latiendo cada vez más deprisa, intentando evitar pensar en pésimas noticias, termina por salir de la casa. No hay nadie.

Ranma vuelve al interior de la casa, apesadumbrado. Tras cerrar la puerta, apoya su espalda en ella y se desliza hasta sentarse en el suelo, ahogando su tristeza abrazado a sus piernas. El cerdito se le acerca. Ranma le ve, dibujando una triste y falsa sonrisa.

- Tú al menos sigues conmigo,- le dice mientras le acaricia -. Pero, ¡si estás empapado!,- le toma entre sus brazos y se lo lleva al  baño, donde lo envuelve en una toalla mientras lo seca -. Aunque... ¿y si todo ha sido un sueño?,- mira fijamente al cerdito -. Sí. No hay otra respuesta. ¿Cómo va a aparecer un muchacho de la nada, así, por las buenas?,- sonríe. Mientras seca al animal, Ranma se da cuenta de que éste lleva un pañuelo atado al cuello, muy parecido a la bandana de Ryoga. Ranma sigue buscando en el cuerpo del animal.

- No tienes identificación alguna. No sé cómo llamarte, pero... ¿qué te parece si te llamo Ryoga?

Ranma sonríe. Y por un segundo, un sólo instante, creyó ver que el credito también sonrió.

FIN


viernes, 2 de diciembre de 2011

ESCENA ZOSAN

Bueno, pues después de todo este tiempo, actualizo este blog con una pequeña escena ZoSan (Zoro y Sanji) un tanto... digamos... explícita.


Zoro estaba totalmente concentrado en sus ejercicios. El murmullo del mar dialogando con el leve crujido de la madera del barco alteraba el silencio profundo del camarote. Zoro miraba fijamente la barra de las pesas mientras las subía y bajaba rítmicamente, con la pauta de su respiración. Pero un leve troqueteo le interrumpe. La puerta se abre y se asoma una rubia melena de la que se asoma tímidamente un ojo y una ceja rizada.

- Zoro, ya está la comida. ¿Vas a venir a comer ya?

- Sanji,- responde Zoro, dejando las pesas e incorporándose -. Vale. Me voy a la ducha y ahora voy, ¿vale?,- Zoro se seca el sudor de su rostro con la toalla que lleva en su cuello.

- Zoro…,- Sanji entra, tímido -. ¿Qué tal estás?

- ¿Yo?,- pregunta Zoro, perplejo -. ¿Y esa pregunta, a qué viene?

- Lo digo por eso,- Sanji señala su torso. Zoro baja el rostro y mira. Tiene una cicatriz que le recorre todo el pecho, del cuello al ombligo -. No deberías de forzar mucho la máquina. De acuerdo que ya está curada, pero se te podría abrir la herida.

- Bah… No te preocupes.

- Sí. Me preocupo,- Sanji se acerca al espadachín -. En aquella pelea me dio un vuelco el corazón al verte empapado en tanta sangre.

- Pero no era toda mía.

- Pero el susto no nos lo quita nadie ya.

El silencio se adueña del gimnasio. Zoro y Sanji se miran fijamente unos instantes para luego desviar la mirada.

- Bueno…,- tartamudea Zoro -. Me voy a la ducha ya, que estoy empapado de sudor, y si no me lavo, la herida se podría infectar y...,- se da la vuelta para dirigirse a la puerta.

- Yo también será mejor que vaya a la cocina, que me he dejado algo en el fuego…,- toma el mismo camino que su compañero.

Los dos llegan a la vez a la puerta y toman el pomo. Al contacto de las manos, los dos se miran a los ojos, sorprendidos. Se quedan quietos por unos instantes hasta que, de repente, se abrazan violentamente y se besan apasionadamente, como si trataran de devorarse el uno al otro. Mientras se hallan envueltos en esa espiral de deseo carnal, se mueven por el gimnasio al tiempo que Zoro ayuda a Sanji a desprenderse de su siempre impecable traje de chaqué. Chocan con el banco donde Zoro estaba levantando pesas. Sanji cae de espaldas en él. Los dos se quedan mirándose, con la lascivia aún en sus ojos. De repente, como en un arrebato, los dos piratas se desprenden de sus pantalones y siguen con su ritual erótico.

- ¿Se puede saber qué intentas?,- pregunta Sanji, entre jadeos. Zoro trataba de separar las piernas de su amigo.

- Tú que crees.

- Espera, espera, espera.

Los dos cesan.  Zoro se levanta, contrariado.

- ¿No es lo que quieres? Perdona, tío… Yo creía que…

- Zoro,- Sanji le mira en silencio, aun acostado en el banco. Abre sus piernas levemente mientras sonríe lascivamente. Zoro, al verle, dibuja una amplia sonrisa rebosante de deseo al tiempo que vuelve a echarse sobre el cuerpo del cocinero.

De nuevo, inmersos en aquel ataque caníbal, Zoro consigue fusionarse con Sanji en un solo ser. El cobrizo y robusto cuerpo del espadachín contrastaba con la pálida y delgada anatomía del rubio cocinero. Los dos participaban en una pelea que Zoro iba ganando con gran ventaja. Toda la adrenalina que el guerrero había producido durante su sesión de ejercicios ahora la despedía en aquellos embites. Sanji se aferraba a él, con fuerza, mientras sentía el cálido aliento de su amigo en su rostro. El cocinero notaba la fuerza y la rudeza de Zoro, fuertemente contrastado con su propia elegancia y dulzura. De repente, Zoro le abraza y, en un rápido movimiento, se incorporan. Sanji y él se quedan mirándose a los ojos a escasos milímetros, con las frentes pegadas. Los dos se pierden en sus oscuras pupilas, sin ser conscientes de lo que les rodea, sin ser conscientes de sus propios actos voluptuosos, ni siquiera de sus jadeantes suspiros. Sólo estaban ellos dos, cara a cara, cuerpo a cuerpo. Sanji mueve la cabeza y se dirige rápidamente al cuello del peliverde. Lo saboreaba y mordisqueaba como un vampiro que quiere probar la vida de su víctima. El salado sabor de la piel de su amigo, causado por el sudor acumulado, le hacía recordar aquellos pescados que solía cocinar en el Baratie. Por su parte, a Zoro, el albino tono de la piel del cocinero le hacía volcársele el corazón a cada rato, ya que le recordaba a la blanquecina y suave piel de su idolatrada Kuina, pero esos recuerdos desaparecían ante el escalofrío que recorría su cuerpo ante esos besos lujuriosos de Sanji en su cuello.

- Para, para, para…,- no paraba de susurrar Sanji en la oreja de Zoro. Éste se detiene.

- ¿Ocurre algo?,- le pregunta, sotto voce.

- No… no es nada,- responde Sanji, jadeante y murmurante. Le mira a los ojos y le besa suavemente para después levantarse. Zoro le mira atónito.

- Sanji… Si yo aún no…,- y se mira la entrepierna.

Sanji le mira, le toma de las piernas y le arrastra por el banco, haciendo que Zoro se tumbe en él. Rápidamente, se tumba delante de él.

- Es mi turno,- responde al tiempo que invade su intimidad masculina.

- Sanji,- responde Zoro, tratando de detenerle -. Yo no…,- Sanji le interrumpe poniendo su dedos en los labios del espadachín al tiempo que sisea.

- Tranquilo,- responde -. Yo no soy tan impetuoso como tú.

Sanji termina la frase con una dulce sonrisa, capaz de calmar y tranquilizar al más exacerbado guerrero, al más asustadizo cobarde. Zoro, como hipnotizado, se deja hacer. Sanji le separa las piernas. Sanji notaba a Zoro nervioso. Sabía que aquello le molestaba y le ponía nervioso. “Un hombre así jamás podría llegar a ser un gran guerrero”. Para tranquilizarle y relajarle, se tumbó sobre él y comenzó a jugar con aquella sorpresa que había entre las piernas del espadachín. Zoro, al primer húmedo contacto, cerró los ojos y dejó salir de su garganta una muy sentida exclamación de placer.

- ¿Qué?,- pregunta Sanji, sonriendo irónico -. ¿Esta katana si dejas que te la toquen?

Zoro le mira de reojo. Sonríe mientras le acaricia la nuca. Sanji sigue con su labor, pero sin apartar la mirada de su amigo. Tras unos instantes en los que Zoro, por primera vez en su vida, había bajado la guardia, Sanji se coloca encima de él y logra unirse a su amante.

En esta ocasión, la batalla se torna totalmente diferente a la pelea anterior. Si Zoro era rudo y de envites violentos, Sanji era más tranquilo y suave. Zoro, en su turno, sólo quería disfrutar él, pero Sanji, más romántico y dadivoso, tenía como meta en la vida hacer que los demás gozaran, tanto en la cocina como en la cama.

Al contrario que su compañero, Sanji se contoneaba sutilmente, como si en cada movimiento tuviera miedo de hacerle daño. Zoro se dejaba llevar por los sentimientos que afloraban en su mente por las caricias internas. Cerraba los ojos, como si así pudiera percibir mejor las sensaciones producidas, pero le era imposible controlar el temblor de sus párpados, llegando a abrirse levemente en varios momentos, dejando entrever sus ojos en blanco. Sanji no podía evitar dejar de mirarle, de observar aquellas muecas en su rostro, arqueando la espalda en ciertos momentos, echando la cabeza hacia atrás y abriendo la boca mientras dibuja una libidinosa sonrisa. Aquella le hacía sonreír. Entonces comenzó a pasar sus manos por el fornido cuerpo de Zoro. Todos aquellos fibrosos músculos dejaban entrever y entender los largos años que el espadachín estuvo entrenando sin descanso. Pero lo que más le llamaba la atención al cocinero era la práctica falta de vello en aquel apolíneo torso, y eso que Zoro no era de los hombres que se cuidaran en ese sentido.

Zoro logra, en mitad de aquella vorágine extasiante, levantar los brazos y palpar el delgado cuerpo de su compañero. Luchando arduamente contra aquellas sensaciones exaltantes, consigue tocar el vientre de su amigo, notando el gran contraste de color entre su piel y la de él. Subiendo la mirada se sorprende ver el destacado de la negrura de unos incipientes copetes en su pecho con la casi albinez de la piel.

Finalmente, y tras varios minutos interminables de lujuria y deseo, Zoro y Sanji consiguen alcanzar el sublime éxtasis casi místico del orgasmo, como si una explosión de gozo les invadiese por completo. En ese preciso momento, las fuerzas les abandonan, cayendo Sanji sobre el cuerpo de Zoro como un peso muerto. La agitada respiración del rubio cocinero pelea entonces por seguir el rítmico vaivén del pecho del peliverde.

- No puedo creer que esto pudiera ser tan intenso,- susurra entrecortadamente Zoro.

- ¿Cómo?,- pregunta Sanji, en un gran esfuerzo por moverse para mirarle a la cara.

- Es que… he de confesar que yo… nunca…

- Nunca lo has hecho con otro hombre,- sonríe Sanji -. Lo comprendo.

- No. Me refiero a que no… vamos… Ni con un hombre… ni con una mujer…

- ¿Que tú nunca has…?,- Sanji se queda perplejo.

- No…,- murmura avergonzado Zoro.

- Pues como primera vez, veo que has quedado bastante satisfecho,- responde Sanji, abrazándole sonriente y con ciertos aires de grandeza.

- Sanji… Yo… Es que… antes de sumarme a Luffy como miembro de su tripulación, entre los entrenamientos y las batallas contra los piratas, no tenía ni un momento de descanso. Nunca antes había yacido con nadie. Siempre había estado solo.

- ¿Cómo?,- Sanji le mirada perplejo al mismo tiempo que dibujaba una sonrisa -. ¿Me estás diciendo que tú nunca has…?,- Zoro vuelve el rostro, avergonzado -. Bueno, pero sí que te habrás desahogado… tú solo.

Zoro niega tímidamente.

- Te acabo de decir que no he tenido un solo momento de descanso…,- farfulla el espadachín. Sanji deja escapar de su garganta un amago de risa mientras seguía observando a aquel cazarrecompensas tratando de menguar para que nadie le mirara.

- ¿Pues sabes qué?,- continúa el cocinero, abrazándolo -. Que aquí tienes a un profesor al que puedes acudir cuando quieras.

Zoro le mira. Sonríe tímido.

- Gracias…

- Por cierto… No sabía que tu pelo fuese verde de verdad,- Zoro se sonroja.

- Y yo no sabía que el tuyo fuese teñido.

Los dos ríen, abrazados, abandonándose a un bucólico mundo de caricias suaves, besos tímidos y viajes al centro de sus pupilas.