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sábado, 13 de octubre de 2012

CAPITULO 36

- Cuando era niño, en el dojo, antes de convertirme en el lobo solitario que fui, un niño, dos años mayor que yo, me... me hizo algo muy parecido.

- ¿Qué me estás contando, Zoro? No... no lo sabía,- le abraza. Zoro no pudo evitar empapar el hombro de su amigo con su tristeza -. Lo siento mucho, Zoro. Perdóname.

- No, eres tú quien me tiene que perdonar. Sanji, escucha. Yo te amo desde el primer día que te vi, y desde entonces me prometí a mí mismo que mi mayor deseo era, es y será que seas feliz. Sé que eras feliz con Nami, y te juro por lo más sagrado que si fuera posible, daría mi vida porque Nami volviera. Pero no puede ser. Pero te prometo aquí y ahora que intentaré que seas feliz todos los días de tu vida, desde hoy mismo. Aquí tienes a un amigo fiel.

Silencio. Durante unos segundos Zoro mira a Sanji, quien mantenía el rostro bajo. Con tristeza, Zoro sale de la cocina.

- Zoro…,- murmura Sanji. Zoro se da la vuelta, ilusionado

- ¿Sí?

- No. Nada…,- responde el cocinero, avergonzado, tras unos instantes en silencio. Zoro vuelve a entristecerse.

- ¡Zoro!,- responde de nuevo Sanji. Zoro vuelve a girarse.

- ¿Sí?

- ¿De verdad estás dispuesto a cualquier cosa por hacerme feliz?

- ¡Cualquiera!

- ¿Te importaría…,- silencio -. Te importaría dormir conmigo esta noche? Aun echo mucho de menos a Nami, y meterme esta noche en esa cama, sólo…

- ¡Claro! ¡Lo que sea por ti!

- Pero como amigos, ¿eh?

El rostro de Zoro disfrazaba de mala manera cierto disgusto.

- Zoro, te recuerdo que a mí me gustan las mujeres. Me han gustado y me gustarán, pero he de reconocer que contigo me lo he pasado fenomenal. A Nami la he amado y la amaré con locura, era amor puro. Contigo no era más que sexo. Bueno… No simplemente sexo. Era sexo y amistad. Me he acostado contigo sobre todo por amistad. Creo que si me hubiera acostado con otro hombre, con algún desconocido, o con algún otro compañero, como Franky, o Luffy o… No, no habría sido lo mismo. Hay algo, un no sé qué, que me ha unido a ti de una forma tan especial desde el principio que… No sé… No sé explicarlo. Y, sin embargo, el sexo contigo me ha abierto nuevas puertas, nuevas sensaciones que creo jamás volveré a sentir si me llegara a acostar con otro. A mí me gustan las mujeres, pero, si tuviera que tener sexo con algún hombre, si no es contigo, no será con nadie.

Y sellan la paz con un gran abrazo.

- Sanji…,- murmura el espadachín a su oído. Se miran a los ojos -. Por los viejos tiempos…,- Zoro sonreía tímidamente. Sanji le responde sonriendo igualmente, cabizbajo y sonrojado, para acabar fusionándose en un sentido e íntimo beso.

FIN

sábado, 6 de octubre de 2012

CAPITULO 35

- ¿Me vas a contar ya qué os pasa a los dos? ¿Qué te pasa a ti?

- Nada. No me pasa nada,- Sanji seguía sin dirigir la mirada a la arqueóloga.

- Ya veo que no me lo vas a decir nunca. Y lo entiendo. No me incumbe. Pero a él sí.

¿A él? Sanji se da la vuelta, y ahí estaba, junto a la puerta de la cocina, con la mirada al suelo, abrazado a sí mismo. Sanji de repente notaba algo en su interior, una sensación parecida a tener el estómago revuelto. La imagen de su amigo, de Zoro, ese gran combatiente, altivo, feroz, de repente se veía tan débil y vulnerable... Robin se acerca a Zoro.

- ¿Se puede saber cómo ha podido acabar así?

- Robin. Déjanos,- Sanji no podía apartar la mirada de Zoro. Parecía tan desvalido...

- ¿Seguro que puedo dejaros solos? ¿No querrás rematarlo?

- Robin, créeme.

La mujer sale de la cocina, dubitativa. Cuando quedan solos, Sanji quiso pedirle perdón. Arrojarse a sus pies, llorando a lágrima viva, pidiéndole un millón de perdones, pero no lo hizo. No se podía mover. La imagen de Zoro le estaba matando por dentro. Zoro, sin embargo, trataba de darle la espalda. No le podia ver. No podía dejarle que le viera. Quería ocultarse en el más oscuro agujero de la tierra y no salir jamás. Se sentía tan despreciable...

- Zoro...,- la voz de Sanji sonaba muy débil -. Perdóname, por favor. Estaba completamente fuera de mí. Sabes que jamás os haría daño. Ni a ti ni a nadie de la tripulación. Pero comprende que en la pelea han ocurrido varios sucesos, y tan rápido, que me han hecho ver que... bueno... ya lo has visto...,- Zoro seguía evitando al cocinero. Temía por su vida -. Lo siento, ¿vale? Fue un arrebato de auténtica locura. ¡No era yo!,- el tono alto de su voz atemorizó de nuevo al espadachín. Sanji le nota temblar y se acerca para abrazarle. Cuando le toma del hombro, Zoro le rehuye -. Tranquilo, Zoro. Sólo quiero hablar contigo. Te prometo que no te voy a volver a hacer nada. Te lo juro por Nami.

Zoro se vuelve poco a poco hasta que se encuentra con el ojo visible del cocinero. Apenas consigue aguantar la mirada un par de segundos cuando Zoro se derrumba, delante de él. De rodillas, delante de Sanji, llorando como nunca.

- Oh, Sanji... Me siento fatal. Como la basura. O peor aún.

- No, no, no,- Sanji se arrodilla a su lado, abrazándolo -. Yo soy peor que la basura. Tratarte como te he tratado por un accidente. Aunque, ponte en mi lugar. ¿Cómo habrías reaccionado si, accidentalmente... no sé... si accidentalmente Usopp me tira una de sus canicas, o si Luffy me arrea con uno de sus golpes? Y no me digas que les felicitarías, porque te quedas sin comer un mes, estúpido marimo .- Zoro no puede evitar mostrar una pequeña sonrisa -. ¿Ves? Has sonreído .- Zoro le mira -. Y ahora quiero que pierdas ese miedo que me estás teniendo. No quiero que por perder una de las cosas que más quiero, pierda el resto,- sonríe.

- Sanji... Yo...,- tartamudea Zoro -. Me aterrorizaste sobremanera antes. Esa mirada... esa mirada que tenías, me dio mucho miedo...

- ¿Tú? ¿Miedo?,- ríe.

- Era una mirada que jamás había visto. En nadie. Ni siquiera en ti. Y luego, tras... eso... me hiciste recordar un fantasma del pasado...,- el rostro de Sanji cambia por completo.

- ¿Qué fantasma?

sábado, 29 de septiembre de 2012

CAPITULO 34

Sanji llevaba varios minutos en la cocina. No hacía más que picar comida. Tomates, puerros, limones. Daba igual, con tal de que fuera comida. Cortar comida le ayudaba a calmarse, pero esta vez... Esta vez no había comida suficiente en el mundo para que él se calmara.

- Maldito Zoro,- pensaba -. Todo esto es culpa suya. Ojalá nunca se hubiese unido a la tripulación. Ojalá yo nunca me hubiese unido. Yo ya era feliz en el Baratie, cocinando para todo el que se acercaba a degustar nuestros platos. Pero no, me tuve que unir a esta maldita tripulación. Estúpido Luffy, conseguiste llenarme la cabeza de pájaros. Me hiciste enrolarme porque con vosotros podría encontrar el All Blue. Aunque debo reconocer que ha habido cosas positivas: las aventuras que hemos pasado, la amistad con todos ellos, las islas y las gentes que hemos conocido, las batallas que hemos librado. Y Nami. Mi Nami.

Al recordar ese nombre, no puede evitar derramar una lágrima sobre la zanahoria que estaba cortando en ese momento. Se lleva la mano a los ojos.

- Oh, Nami. Mi dulce Nami. Aún no te has ido y ya te echo tanto de menos...

Sanji deja el cuchillo en la encimera y se da la vuelta para desahogarse tranquilamente.

- Y todo por culpa de ese estúpido marimo y sus estúpidas katanas. ¡Ojalá él estuviese en tu lugar!

- Cocinero...

La voz de Robin le hace darla la espalda y fingir seguir cortando comida.

- Cocinero. ¿Te encuentras bien?

- Estoy bien, Robin.

- El tono tan seco de tu voz me dice lo contrario. ¿A qué ha venido aquello con el espadachín? ¿Qué os ha pasado?

- No quiero hablar de ello, ¿vale?

- Pero...

- ¡He dicho que no, Robin!

- Ya sé que no quieres hablar de ello. Pero debes. ¿Por qué le has echado la culpa de lo que le ha pasado a la navegante?

- Porque ha sido él quien la ha matado.

- Eso no es verdad...

- ¡Ha sido él!

- Eso no es verdad. Y lo sabes. Sus katanas salieron volando en aquel golpe y la navegante tuvo la mala fortuna de que una de las katanas se clavara en su cuerpo.

Sanji vuelve a desplomarse con su tristeza.

- El doctor fue a ver al espadachín y lo encontró en el suelo, llorando, medio desnudo y sangrando. ¿Me vas a contar ya qué os pasa a los dos? ¿Qué te pasa a ti?

sábado, 22 de septiembre de 2012

CAPITULO 33

Ranyo le agarra de las muñecas fuertemente. Zoro trata de soltarse, pero Ranyo era más fuerte que él.

- No te resistas, Zoro. Para algo soy dos años mayor que tú.

Ranyo consigue doblegarlo hasta hacerle arrodillarse en el suelo.

- Suéltame, Ranyo. Suéltame o...

- ¿O qué?,- ríe -. ¿Irás llorando al sensei en plan "Sensei, Ranyo me ha pegado"?,- ríe sonoramente -. Así nunca llegarás a ser un espadachín.

Ranyo le tumba en el suelo boca arriba. Se pone encima de él, inmovilizándole.

- ¡Suéltame!

- Venga, Roronoa, si llevas esperando esto toda la vida.

Ranyo le ata las muñecas a la cuerda del pozo. El peso del cubo, ya cargado de agua, hacía tirar de él. Zoro peleaba por liberarse, pero era imposible. Ranyo aprovecha para quitarle los pantalones. Zoro pataleaba, pero Ranyo consigue dominarlo. Ranyo toma sus piernas y le hace flexionarlas hacia atrás, haciendo que las rodillas toquen el suelo, cerca de su cara. Ranyo se baja el pantalón.

- ¿Qué vas a hacer?

- Calla, Zorito. Si esto te va a gustar.

- ¡Déjame!

Pero Ranyo hacía oídos sordos. Zoro trataba desesperadamente de evitar todo aquello, pero Ranyo tenía todo el poder y control sobre él. Ante la insistencia de gritar de Zoro, Ranyo le mete en la boca una bandana negra. Y aquel muchacho terminó por profanar la intimidad del joven peliverde, quien lloraba entristecido por lo que le estaba pasando.

- Como se te ocurra decir algo a alguien, te rebano el pescuezo,- le susurra Ranyo al oído, antes de irse y dejarle tirado en el suelo.
* * * * * * * * * *
Aquellos recuerdos le volvieron a asaltar, por culpa de lo que acababa de hacerle Sanji. Pensó haberlo ocultado en lo más profundo de su memoria, pero finalmente afloró. Y de nuevo, el dolor de aquella época le sobrevino, recordando que lo que le pasó el día de la boda de Sanji y Nami no fue la primera vez que lo hizo. Pero sí la primera que tuvo el coraje de herirse. Suerte que aquella vez, cuando tenía doce años, todavía le tenía mucho respeto a la Muerte y no llegó a hacerse nada.

- Sanji...,- murmura, aún en el suelo del baño -. Perdóname. Yo no tengo la culpa. Nadie sabía que una de mis katanas volaría hasta ella. Yo no tengo la culpa, pero, perdóname. Te lo suplico... Si no me perdonaras, yo... no sé qué...

Y se derrumba definitivamente, en un auténtico océano de lágrimas.

sábado, 15 de septiembre de 2012

CAPITULO 32

- ¿Por qué yo, sensei?,- Zoro se quejaba ante su maestro -. ¿Por qué no Kuina? ¿O Ranyo? ¿O Tenshori? ¿O...?

- Porque quiero que vayas tú, Zoro.

Muy a su pesar, y con la burla de sus compañeros de fondo, Zoro sale del dojo con un gran cubo de madera. Zoro estuvo enfadado todo el camino hasta el pozo que había a varios metros detrás del dojo. Él no quería ir a recoger el estúpido agua del estúpido pozo con ese estúpido cubo. Lo que él quería era seguir con las clases, no perderse ni una, aunque cayera enfermo, él seguiría yendo al dojo. Quería convertirse en el mejor espadachín del mundo. Quería derrotar a Kuina de una vez por todas, y dejar de ser el hazmerreír del dojo.

Mientras deslizaba el cubo a través del profundo pozo, alguien le llama.

- ¡Ranyo! ¿Qué haces aquí? ¿El sensei también te ha mandado a por agua?

- No, he venido a por ti, por si te perdías,- ríe el joven muchacho.

- Aquello fue un simple despiste,- Zoro ya estaba harto de que le recordaran aquello.

- Bueno, Roronoa,- Ranyo se acerca a él -. ¿Me vas a contar lo que te pasa hoy?

¿Cómo? ¿Él también?

- No me pasa nada. Piérdete.

- No creas que no me he dado cuenta, Zorito. He visto cómo me mirabas esta mañana mientras nos cambiábamos.

- Yo no he mirado a nadie,- Zoro empezaba a crisparse. Ese muchacho le sacaba de quicio todos los días.

- Ahora me vas a decir que no soy guapo.

- Déjame en paz.

Qué ganas tenía Zoro de tirarle por el pozo.

- Venga, Roronoa. Todos sabemos que tú eres un... ¿cómo lo llaman? ¡Ah, sí! Un invertido. Ahora comprendo tus ansias por dominar el combate de las tres katanas: una en cada mano y la tercera en...

¿Dónde están las katanas cuando uno más las necesita?

- Lárgate Ranyo, si no quieres que...

- ¿Si no quiero qué? ¿Que me violes?,- ríe -. Eso habría que verlo.

sábado, 8 de septiembre de 2012

CAPITULO 31

Aquella mañana amaneció como cualquier otro día. Los pájaros comenzaban a despertar con sus cánticos, el sol ya despuntaba por el horizonte, y el joven Zoro, quien ese día cumplía ya los 12 años, se ponía rumbo al dojo. Pero no estaba tan feliz como otros días. Ir a esas clases le animaba mucho, era por lo que vivía, pero esa mañana su paso era más lento, más apesadumbrado. Su rostro, antes altivo y feliz, decaía triste y aciago.

- ¡Zoro!,- le llamaba una dulce voz -. ¿Estás sordo o qué? ¡Zoro!

- ¡Ah! Hola, Kuina.

La joven hija del sensei acudió a su lado a todo correr.

- Feliz cumpleaños...,- le responde tímidamente. Zoro seguía con la vista al suelo -. ¿Te pasa algo hoy, Roronoa?

- No... no es nada...

¿Cómo decirle que él...?

- Bah, no te preocupes. Ayer estuviste a puntito, a puntito de derrotarme. Hoy seguro que lo consigues,- y le abraza por los hombros, dicharachera. La muchacha seguía parloteando sobre lo hermoso y florido que estaba ya el cerezo del dojo, pero Zoro seguía sumido en sus pensamientos. ¿Por qué? Esa pregunta le atormentaba la mente. ¿Por qué él? Además, sin avisar. Fue algo que ocurrió de la noche a la mañana. Se pasó varios minutos delante del espejo, observándose detalladamente. No había cambiado, pero se sentía diferente. Era diferente. Hasta estudió su rostro, sus ojos, su lengua, por si hubiera enfermado, pero estaba todo perfectamente sano. Entonces, ¿por qué...?

- Buenos días,- responde Kuina, tras abrir la puerta del dojo, reverenciándose servicialmente.

- Buenos días, Kuina. Zoro,- responde el sensei, con el rostro alegre -. ¿Zoro?,- el maestro miraba al joven sorprendido tras sus gafas.

- ¡Oh! Bu... buendos días, sensei...,- responde el joven tartamueando.

- Chicos, id a prepararos. Empezaremos en breve.

Los dos jóvenes entran en el dojo y se adelantan hasta dos puertas al fondo. Kuina abre una de ellas.

- Nos vemos en un momento,- responde guiñándole un ojo al tiempo que entra y cierra la puerta.

Zoro se queda inmóvil delante de la otra puerta. No se atreve a moverse. Tiene miedo. Una gota de sudor frío recorre su espinazo.

- ¿Qué haces ahí parado?,- el maestro está a su lado -. Entra y no remolonées,- responde abriendo la puerta por él. Ante él aparece un cuarto. Varios jóvenes de su edad estaban dentro, cambiándose de ropa. Zoro entra, empujado por el sensei.

- ¡Vaya, vaya, vaya! ¡Si es el cabeza de alga!,- exclama una voz, seguida de un estruendoso estallido de risas.

- Ya vale, Ranyo.

Zoro acude, sin hacerle caso, hasta un pequeño rincón. Allí, en un banco delante de él deja un pequeño hatillo formado por su katana de madera de la que pendía, por un extremo, un hatillo, el cual abre y descubre algo de ropa. Zoro se cambia en silencio mientras sus compañeros siguen hablando entre ellos con gran volumen de voz.



sábado, 1 de septiembre de 2012

CAPITULO 30

Zoro lloraba desconsoladamente en el suelo, hecho un ovillo. Aún podía ver, en su memoria, la mirada tan aterradora de Sanji. Una mirada asesina. Literalmente. Jamás vio al cocinero tan enfadado. Sus ojos estaban totalmente rojos por la sangre, a punto de licuar la tristeza abismal de su corazón. Le hizo daño. Mucho daño. Aún podía ver las marcas que le ha dejado en sus brazos cuando le aupó. Los dedos aún marcaban los moratones de sus brazos. Quería olvidarlo todo, pensar que se trataba de una pesadilla, pero fue real, más de lo que deseaba.

- Sanji...,- decía para sí -. Perdóname... No sé qué he hecho, no sé por qué me culpas a mí, pero lo siento. Lo siento mucho.

Pero no obtuvo compasión. Sanji le había dejado en el baño, llorando, y se fue. Zoro llevaba ya varios minutos tratando de asimilar todo lo ocurrido, pero fue muy traumático. Aún le dolía... todo.

- ¿Zoro?,- la aguda voz de Chopper le hizo volver en sí -. ¿Estás bien?

- Vete...,- murmura.

- Pero...

- Chopper. Por favor. Déjame.

- Pero, ¿qué ha pasado? ¿Por qué Sanji...?

- Chopper. No.

- Pero...

- Por favor...,- Zoro le mira, indulgente. Las lágrimas bañaban su rostro. Chopper se queda inmóvil, como una estatua.

- Pero... Zoro... Estás sangrando... detrás...

- No es nada.

- Pero...

- Que no es nada, ¿vale?

Chopper se calla y sale del aseo, lentamente.

- Es todo culpa mía,- se dice a sí mismo cuando se queda solo de nuevo -. Si no me hubiera unido a Luffy... Si no me hubiese enamorado de Sanji como un idiota... Si Sanji me hubiese dejado acabar con mi sufrimiento en aquella isla...

Pero, sin saberlo, Sanji le había abierto una nueva herida que Zoro creía haber cicatrizado para siempre.

sábado, 25 de agosto de 2012

CAPITULO 29

El golpe recibido le hace caer inconsciente, logrando liberar a sus dos presas de su poder.

- ¡Luffy! ¡Esta es nuestra oportunidad!,- responde Zoro. Luffy asiente y corre hacia el oficial para asestarle un gran golpe. Zoro le acompaña, con las katanas listas para la pelea.

Justo en el momento del golpe de gracia, Nori-Sencho se levanta y golpea con su gran brazo a los dos jóvenes, que caen al suelo. Por inercia del golpe recibido, las katanas de Zoro salen volando.


- ¡NAMI!

El desgarrador grito de Sanji se hizo sentir por encima de los demás. Todos se quedaron observando, atónitos, inmóviles, el cuerpo yacente de la pelirroja. Lentamente, un pequeño río malva asomaba debajo de ella. Sanji da un pequeño paso para después correr hacia ella. Se arrodilla a su lado y la abraza fuertemente, hundiendo su cabeza en el pecho de ella, empapando su camisa con la desazón y el dolor que emanaba sin piedad de sus ojos.




Luffy apretaba sus dientes con fuerza, comenzó a crispar sus puños con tal ímpetu que comenzó a caer al suelo, gota a gota, su vida. De repente, su brazo se estiró con fuerza hacia atrás para volver a gran velocidad hacia delante, como un búmeran, golpeando con fuerza al enemigo, haciéndole volar varios cientos de metros para hundirse en el mar.

- ¡Chopper!,- grita histérico el cocinero. El joven doctor, asustado, se esconde detrás de las piernas de Robin -. ¡Ven Chopper! ¡Cúrala!

El reno camina despacio, con pavor, hacia la pareja.

- Haz que se cure,- la voz de Sanji tenía mezcla de súplica e ira. Chopper comenzó el reconocimiento. Sanji miraba, triste, el rostro sereno y angelical de una apacible y tranquila Nami durmiente.

- Sa… Sanji…,- la voz de Chopper sonaba apagada. Miedosa -. No… no hay nada que hacer…

- ¿Cómo que no hay nada que hacer?,- exclama enojado Sanji -. Eres doctor. ¡Cúrala!

- La herida es bastante profunda... Y hay varios órganos vitales muy dañados… Un riñón… El estómago… Un pulmón… El corazón…,- a medida que enumeraba las vísceras, la voz de Chopper se desvanecía.

- Lo siento, Sanji…,- Chopper comenzaba a ahogarse entre lágrimas. Apenas logra aguantar un segundo la mirada del cocinero y huye corriendo.

- Sanji… Lo siento mucho…,- Zoro se adelanta lentamente hasta su amigo para posar su mano en su hombro. El cocinero se vuelve y le mira rabioso.

- Tú…,- susurra entre dientes -. Tú.- Se levanta -. Tú…- Sanji le agarra con fuerza. Zoro retrocede un par de pasos, asustado, los suficientes como para que Sanji tome la iniciativa y le arrastre hasta la puerta del baño, entrar, seguir andando y entrar en uno de los cubículos del aseo. Zoro se golpea la espalda con la pared. Estaba realmente asustado, nunca antes había visto aquella mirada de odio en Sanji. ¿Y cómo era posible que, aun siendo él el más fuerte de los dos, hubiera podido ser doblegado por el cocinero y ser llevado durante varios pasos?

- Todo esto es culpa tuya,- murmura Sanji, entre dientes. Se notaba toda la ira contenida en su tono de voz.

- Pe… pero…,- Zoro apenas podía articular palabra.

Sanji le agarra del cuello.

- Todo esto es culpa tuya,- repite Sanji, con los ojos inyectados en sangre. Zoro no acierta a decir nada. Sanji toma las mejillas del peliverde con su otra mano, aplastándolas, haciendo que los labios del samurái se estiren hacia delante. Sanji estaba a pocos milímetros de su rostro -. Jamás te lo perdonaré.

El terror hacía su aparición en los ojos de Zoro. Sanji, de repente, se abalanza sobre sus labios. Se queda durante unos instantes sorbiendo el dulzor de aquella boca, temblorosa por el pánico. En un arrebato lleno de rabia e impaciencia, Sanji tira de la camisa de Zoro con fuerza. Los botones saltan por los aires. Sanji le quita la camisa. Luego trata de desabrocharle el pantalón, aparatosamente. Cuando lo consigue, se quita la camisa torpemente y se desnuda igualmente. De improviso, Sanji toma los muslos del guerrero y los aupa, quedando Zoro suspendido en el aire, tan sólo sujeto entre el cocinero y la pared. Sanji trata de acertar en el acoplamiento.


- Esto… esto es lo que tú querías, ¿verdad?,- la jadeante voz del rubio estaba llena de rabia e ira.


El ahogado grito de Zoro indica que consiguió su objetivo.

sábado, 18 de agosto de 2012

CAPITULO 28

- Bueno, bueno, bueno… Pero mirad a quiénes tenemos aquí,- responde una cavernosa voz riente -. Pero si en la banda de Sombrero de Paja.

- ¡Cielos! ¡Nori-Sencho!,- exclama Robin.

- ¡Vaya, vaya! Pero si es Nico Robin,- responde el oficial -. ¡Cuánto tiempo sin vernos!,- ríe.

- ¿De qué le conoces, Robin?,- pregunta Luffy.

- Es... es una larga historia.

- ¡Cómo! ¿No les has hablado de lo nuestro?,- carcajada.

- ¿De lo vuestro?,- el rostro de Sanji se endurece -. No me digas que tú y ese... ese...

- No, cocinero. No tiene nada que ver. Es simplemente... algo que prefiero olvidar de mi juventud.

- Veo que no sabéis que aquí, la damisela, estuvo un tiempo trabajando para mí.

Los rostros de la banda se transforman en todo un poema de sorpresas.

- Ro... Robin...,- tartamudea Nami -. ¿Eso es cierto?

- Lo es, navegante. Y por eso prefiero olvidarlo. ¡Aquello fue un gran error!

- ¡No lo fue para nada!,- ríe Nori-Sencho -.Gracias a ti capturamos a muchos piratas, y yo ascendí. Lo malo es que cuando estuvimos a punto de capturar a Cocodrile, desapareciste con él. Pero ahora que te he vuelto a encontrar, ¡y nada menos que con Sombrero de Paja!, ya veo mi recompensa: estar entre los Sichibukai.

Apenas termina de hablar cuando Luffy se adelanta corriendo hacia él, dispuesto a pegarle.

- ¡Capitán! ¡No! ¡Detente!,- grita Robin.

A pocos pasos, Luffy se detiene. Nori-Sencho ríe.

- ¿Qué te pasa, Sombrero de Paja? ¿Te has quedado pegado?,- gran carcajada.

- ¡No puedo moverme!

-¡Traté de advertirte! ¡Tiene el poder de hacer que la gente se quede pegada a cualquier objeto!

El oficial se adelanta con paso quedo, pero decidido, hasta Luffy, golpeándolo sin parar. Zoro trata de interceder, con sus tres katanas, pero el marine le esquiva en el último momento. Zoro queda igualmente pegado al barco por los pies.

- ¡Zoro!

El espadachín emite sonidos guturales.

- ¡Oh, Dios santo!,- exclama Usopp -. ¡Las espadas! ¡Mirad las espadas!

El capitán Marine había conseguido que las espadas se fusionasen con las manos y la boca de Zoro.

- ¡Ataquémosle todos a la vez!,- responde Sanji -. ¡No creo que pueda pegarnos a todos a la vez! ¡Y desde el cielo!

- ¡Pero no podemos volar!,- exclama Brook.

- ¡Tú haz lo mismo que yo!,- responde Sanji al tiempo que se eleva varios metros en un gran salto. Su pierna comienza a arder al tiempo que se deja caer pesadamente sobre el oficial. Nami le sigue, preparada para golpearle con su vara. Usopp está preparado para dispararle sus canicas más efectivas. Brook empuñaba una pequeña espada que tenía escondida en su bastón. Franky tenía a punto su brazo para dispararle. Chopper había conseguido evolucionar a su forma humanoide, dispuesto a darle el más fuerte de sus golpes.

- No lo vais a conseguir,- el oficial le observaba, sin alterarse, preparando un movimiento de repulsa, pero, de repente, su cuerpo se arquea hacia atrás.

- ¡AHORA!,- grita Robin, en pose de uso de su poder -. ¡No creo que pueda retenerlo por mucho tiempo!

sábado, 11 de agosto de 2012

CAPITULO 27

Nami cae aparatosamente al suelo. La nube de polvo que se había formado no la deja ver. Al momento, reacciona.

- ¡Sanji!

Descubre que el mástil del barco había caído delante de ellos. Nami se levanta y corre. Sus ojos comienzan a llorar, no sabiendo si por la polvareda o por lo que su mente comenzaba a imaginar.

- ¡Sanji!

- ¡Qué!,- responde una voz entrecortada por las toses. Sanji aparece detrás del mástil caído. Nami le abraza.

- ¡Creí que…!

Sanji se queja.

- Creo… creo que me he dislocado el hombro.

Un nuevo estallido del barco les llama la atención. Los dos miran a la cubierta. Sanji sube de un salto, mientras que Nami utiliza el mástil caído, a modo de sucedáneo de escalera. Mientras sube, saca de entre sus ropas tres pequeñas varas de metal que encaja formando una sola. Al llegar al puente, ve a Sanji al otro extremo, oteando el horizonte.

- ¿Ves algo?

- Nada. No consigo ver nada.

De repente, entre el polvo y la humareda, aparece una enorme bola oscura que se dirigía directamente hacia ellos. A Nami no le da tiempo a llamar a su marido, entre otras cosas, porque siente que la empujan fuertemente, cayendo al suelo. Entonces, ve algo que crece rápidamente ante ella, interponiéndose en el camino de la bola, devolviéndola a su origen.

- Gracias Luffy,- responde. El joven capitán retoma su tamaño y forma genuinas, respondiendo con una amplia sonrisa -. ¡Oh, Dios! ¡Sanji!

- Tranquila, navegante. Está a salvo,- y la arqueóloga le señala la entrada de los camarotes. Y ahí estaba Sanji, sujeto a la pared por una multitud de brazos que nacían de los maderos.

- ¡Cuidado!,- el grito de Chopper les pone sobre aviso, pero tarde. Otra bola de cañón se cernía sobre ellos sin tiempo para apartarse. Pero justo cuando la bola iba a caer sobre ellos, mágicamente se separa en dos mitades, cayendo ya fuera del barco.

- Gracias, Zoro,- murmura Brook -. Aunque a mí me da igual, como ya estoy muerto.

- Oye, esqueletito, eso no tiene gracia,- Franky estaba muy enojado.

- Chicos,- el tono de Zoro era terroríficamente serio -, no os despistéis.

Cuando la humareda se desvanece, Usopp se adelanta y comienza a observar el horizonte con sus gafas.

- ¡Por las barbas del profeta! ¡Es un barco de la Marina!

- ¿Cómo? ¿Son ellos?,- pregunta Sanji, a su lado.

- No hay duda.

- Pues que vengan cuando quieran,- responde Luffy, preparado para atacar/defender. Sus compañeros también se preparan para la batalla.


sábado, 4 de agosto de 2012

CAPITULO 26

Zoro se quedó pensativo, sentado sobre la hierba, con la mirada fijada en el horizonte. La suave brisa mecía su corto cabello como si de otro trozo del césped se tratase. Zoro mantenía su rostro serio y sereno.


- Tengo que olvidarme de él,- pensó -. Sé que será difícil y que probablemente vuelva a estar como antes, pero es lo mejor. Sanji y Nami llevan casados apenas unos días, y si ahora se entera de que... Esta mujer es capaz de cortarnos la cabeza a los dos. Y no precisamente la que tenemos encima de los hombros,- a Zoro se le escapa una sonrisa nerviosa al tiempo que baja el rostro, pero al momento vuelve a levantarlo -. Estos pequeños momentos que he pasado a su lado los guardaré para siempre en mi corazón, ya que no creo que los vuelva a poder repetir. Ni con él ni con nadie más. Pero no quiero romper la relación entre Sanji y Nami. No quiero que el amor que me tiene Sanji se convierta en odio por mi culpa. Si le amo, y por supuesto que lo amo, debo dejarle en paz.


Zoro lanza un pequeño suspiro mientras deja su mente en blanco, centrándose en admirar cómo el celeste del cielo y el marino del océano se funden en una fina línea azul en el horizonte. Trataba de no pensar en nada, en relajarse viendo aquella bella estampa, pero Sanji era un conquistador nato. Su cerebro se llenó de aquellos breves pero maravillosos momentos con él. Aquellos besos, aquellas caricias... Pero un recuerdo se hizo con el control de su mente.

- Sa…Sanji…,- susurra Zoro, entre jadeos, al oído de Sanji -. ¿Pu…puedo pedirte un… favor? ¿Te importa si… cambiamos los papeles?

Sanji se incorpora, sin comprender.

- ¿Cambiar… los papeles?

- Sí… Bueno… Déjalo, no he dicho nada,- Zoro vuelve el rostro, sonrojado.

- No, no. ¿Quieres que lo hagamos?

- Olvídalo, ¿vale? No… no he dicho nada.

Sanji vuelve a tumbarse sobre el samurái.

- Ya sabes que amo locamente a Nami. Y que si estoy contigo es por el sexo. Y porque eres mi amigo, así que no es simplemente sexo por sexo. Pero ya sabes que yo… bueno… ,- vuelve a incorporarse, bajando la mirada -… eso es muy grande para que entre por detrás…

- Ya, lo sé… Olvídalo. No he dicho nada.

- Pero si a ti te hace ilusión…,- Zoro le mira esperanzado. Sanji había vuelto el rostro, pero miraba al peliverde de reojo con una pequeña sonrisa pícara en su rostro.

- ¿En serio?

Con gran pasión abraza a Sanji, logrando tumbarle boca arriba en la cama. Zoro, nervioso, trata de devolverle el favor, pero Sanji le detiene.

- Tranquilo. Ante todo, con tranquilidad.

Zoro, comenzando a tener los primeros síntomas de hiperventilación, toma con fuerza y temblor su miembro y lo dirige al ano del cocinero. Éste cierra los ojos con fuerza mientras se muerde el labio inferior.



- Di… dime si te hago daño o algo…,- tartamudea el espadachín. Sanji le responde negando con la cabeza.

Tras unos instantes dudando si seguir adelante con el plan, Zoro finalmente invade la intimidad del cocinero al tiempo que éste arquea la espalda y abre la boca para tomar el aire que le faltaba en los jadeos que comenzaba a exhalar. Zoro comienza a moverse lentamente. Sanji levanta los brazos, como si quisiera asir algo que hubiera delante de él. Zoro, creyendo que es a él, se inclina hacia delante, lo suficiente como para que el cocinero le abrace fuertemente y se fusione con él en un apasionado abrazo.

- Tú sigue,- le susurra el rubio al oído -. No pares por nada del mundo.

- ¿Estás seguro?

- No… pares…,- la voz de Sanji sonaba ahogada, sin fuerza, transformándose poco a poco en sentidos y excitantes jadeos. El sudor hacía brillar su blanco cuerpo. Zoro quedó hipnotizado por las muecas de su amante. Instintivamente, lleva su mano a su rostro para apartarle el mechón que ocultaba su rostro.


- Oh, Sanji...


Zoro baja el rostro, sonriendo, volviendo a la realidad.


- Maldito cocinero pervertido...,- piensa -. Aunque, bueno, el pervertido ahora sería yo, ¿no?


Zoro se relaja riendo.


- Lo has conseguido, cejas rizadas. A mí también me has conquistado.


Se queda mirándose el regazo. Luego se mira la mano. Después mira a su alrededor.


- No me puedo creer que vaya a hacer esto,- niega con la cabeza, sonriendo, mientras se lleva las manos a su faja verde, en ademán de quitársela. Pero una explosión le llama la atención.

sábado, 28 de julio de 2012

CAPITULO 25

- ¿Qué os traéis vosotros dos entre manos?

La pregunta de Nami hizo que el corazón de Sanji casi se saliera de su cuerpo. Sanji se queda quieto, como una estatua, en el camino, a pocos metros de abordar el Sunny.

- ¿Cómo dices?

- Zoro es muy suyo con sus katanas. Me extraña que no te haya matado cuando se las has cogido. Es más, me extraña que no hiciera nada cuando se las has cogido.

- Oh... Pues...,- Sanji se quedó mirando las tres katanas de su amigo.

- ¿Y ahora qué le digo yo a esta?,- pensó el cocinero -. Si le digo que temo que las use para suicidarse, me preguntará cómo es posible que piense eso, y tendré que contarles la verdad de su suicidio.

- ¿Sanji?

- ¿Eh? ¡Ah! Las katanas... Pues... Cuando te has ido a por el tesoro... pues... estuvimos hablando...

- ¿Hablando? ¿Vosotros dos?

- Sí. Y... bueno... Zoro acabó poniéndose muy filosófico y... para que no se rompiera ese estado zen que estaba teniendo, me las llevé.

- ¡Bravo!,- la exclamación de Nami sonaba sarcástica -. Y si alguien le atacara, ¿cómo se defendería?

- Mira este lugar. ¿Crees que alguien podría atacarnos en tan idílico paisaje?

- ¿Te recuerdo lo que nos pasó en Skypia?

- Bueno, es Zoro. Ya le conoces. Podría derrotar al más armado batallón con sólo una espina de pescado.

- Desde la boda, Zoro está muy raro. Y tú también.

- Tranquila, es sólo que... bueno... me preocupo por él. Ante todo, somos como una familia, ¿no?

Nami le abraza.

- Tienes razón. Somos como una familia, pero sin el "como" ya.

Sanji le devuelve el abrazo mientras se miran a los ojos y terminan por sellar su amor con un beso.

sábado, 21 de julio de 2012

CAPITULO 24

- ¡Esto es increíble!

El grito de Nami le heló la sangre a Zoro. Sanji se vuelve, sorprendido. Nami avanzaba hasta ellos enojada.

- ¡Na... Nami!,- Sanji se levanta aparatosamente -. ¡Cielo! ¿Qué te pasa?

- ¿Que qué me pasa, dices?,- Nami llega hasta su marido -. ¡Que esto es lo peor que me podría pasar!

- Ve.. verás, Namicita... Yo... Zoro...

- ¿Qué Zoro ni qué ocho cuartos? ¡El tesoro! ¡No lo encuentro por ningún lado!,- Nami se sienta en la hierba, enojada, abrazada a sus rodillas.

- El tesoro...,- piensa Zoro, suspirando aliviado.

- ¿El... el tesoro?

- Sí,- Nami fijó su mirada de basilisco en el horizonte -. He seguido todas las indicaciones al pie de la letra, y no he encontrado nada.

- Bueno, cariño,- Sanji se arrodilla a su lado, acariciándola la mano -. Ya sabías desde el principio que era una leyenda, y que tenía muchas posibilidades de ser mentira. ¿Qué tal si nos vamos al barco ya?,- Sanji se levanta y tira de su brazo para que se levante.

- No. Me quiero quedar aquí,- Nami comenzó a volver a la época en que tenía diez años.

- Venga, Nami-chan, no seas niña... Si te vienes al barco, te cocino una tarta.

A regañadientes, Nami acepta la oferta y se encamina junto con Sanji a volver al barco.

- Zoro, ¿vienes?,- pregunta Sanji.

- Id vosotros. Yo quiero quedarme un poco más.

Sanji se acerca a su amigo.

- Zoro,- le susurra -. No irás otra vez a...

Zoro le mira. Sus rostros estaban muy cerca. Tanto que él mismo podría besarle si quisiera.

- Tranquilo,- le responde el samurai -. Tan sólo quiero quedarme un rato a solas. Para pensar.

- De acuerdo,- contesta Sanji -. Pero me las llevo,- y toma las katanas de su amigo para sí.


sábado, 14 de julio de 2012

CAPITULO 23

- Oye, marimo,- Sanji le hablaba como si no le importara la conversación, centrándose más en encender el cigarrillo que tenía en la boca -. Antes, cuando dijiste que me ibas a atravesar con tu katana, ¿a cuál de las cuatro te referías?

- ¿Cuatro? Si yo sólo tengo... Oh,- Zoro comenzó a ruborizarse.

Hacía dos horas que salieron todos del barco, en pequeños grupos. Luffy, Brook y Franky formaron un equipo que fue a visitar el pueblo. Robin, Chopper y Usopp visitaron una pequeña cala que había al otro lado de la isla, ya que el renito descubrió el día anterior unas hierbas bastante interesantes, y la arqueóloga creyó oír en el pueblo que había unas ruinas que quizá la ayudaran en su investigación sobre los fonegrifos. Zoro y Sanji formaron un tercer equipo que se quedó en el bosque, pero no como hubieran querido, ya que Nami también había ido con ellos.

Zoro y Sanji estaban sentados en la hierba, uno junto al otro, mirando al horizonte. Llegaron a un claro del bosque, a bastante altura, donde eran capaces de vislumbrar la costa en general y el barco en particular.

- Dime una cosa,- continúa Sanji, mirando al horizonte -. ¿Tienes celos de Nami?

- Déjame...,- murmura Zoro, volviendo el rostro.

- Puedes contármelo. Nami ha ido a buscar el tesoro ese de aquella estúpida leyenda que oyó el otro día en el pueblo. Eso la llevará bastante tiempo. No le diré nada, te lo juro,- Zoro dejaba que el silencio respondiera por él. Sanji le mira, le abraza por el hombro y sonríe -. Ya sabes que puedes confiar en mí.

Zoro le mira, tímidamente. La felicidad que desprendía Sanji por su ojo visible contrastaba con la inquietud que sentía dentro.

- Sanji,- responde Zoro, deteniéndose secamente para mirar tras de sí y luego volver a su amigo -. Sanji, tengo que reconocer que lo de antes... pues... Sí, me gustó. Era lo que he estado esperando toda mi vida, lo que he estado esperando desde que te conocí, pero... Pero cada vez que te veía con Nami, y más ahora que estáis... casados, pues... ¡Sí, lo reconozco! ¡Me comen los celos!,- Zoro vuelve el rostro enojado mientras su amigo ríe y le da una palmada en la espalda.

- ¡Lo sabía!,- ríe el cocinero.

- Sa... Sanji,- murmura el espadachín -. Si... si yo me hubiese confesado... ¿Tú... tú crees que... tú y...?

- ¿Tú y yo?,- Sanji contesta con una gran risotada. Zoro crispa los puños y endurece el gesto -. Bueno... ¿Quién sabe?,- Sanji se acerca a su oído y para susurrarle -. Puede que en vez de Nami me hubiese casado contigo.

Aquella respuesta, seguida por un leve soplido del cocinero en su oído, le hizo calmarse al momento. De repente, comenzó a imaginarse su vida junto a Sanji. Casados. Era una solemne tontería. Él era Zoro Roronoa, el mejor espadachín del mundo, el temible ex-cazador de piratas. Él era un lobo solitario, como quien dice. No necesitaba a nadie a su lado. Pero, por el contrario, vivir con Sanji... Se imaginaba llegar a casa y tener la comida ya preparada. Comida caliente y reciente. Ya no volvería a comer cualquier cosa que encontrara por ahí, como cuando era cazador de piratas. Se imaginaba andar con Sanji, cogidos de la mano, bajo la luna, a orillas del mar. Se imaginaba... Se imaginaba hasta con hijos. ¿Hijos? ¿Ellos dos? Es más, ¿hijos, él? ¡Si odia a los niños! Pero... Pero cuidar un niño junto a Sanji... Eso le transformaba. Cuando se encuentra a solas con Sanji, es como si él mismo cambiara.

Sin darse cuenta, Sanji le estaba mordisqueando suavemente el lóbulo de la oreja. Zoro cerró los ojos, dejándose llevar por aquella sensación.

- Sanji, no...,- susurra el peliverde -. Na... Nami podría volver en... cualquier mo... momento y...

- ¡Esto es increíble!



sábado, 7 de julio de 2012

CAPITULO 22

Zoro tenía la mirada fija en aquella barra de acero, subiendo y bajando a pocos centímetros de su rostro. El esfuerzo y el sudor le envolvían, pero él quería superar su record del otro día. Tan sólo unas pocas más... Pero no estaba muy concentrado. La vergüenza que pasó unos minutos antes durante la comida no le dejaba entrenar a gusto. Y volvió a perder la cuenta del levantamiento de pesas. Deja las pesas en el suelo, se incorpora y se seca el sudor de su rostro con la toalla que descansaba en su cuello.

- ¿Qué me pasa?,- pensaba.

Quería pensar que no sabía la respuesta, pero era engañarse. No dejaba de pensar en Sanji, en el sexo con él. No dejaba de pensar en su relación con Nami. Y eso le enfadaba. Ya le había probado una vez, y fue suficiente como para querer probarlo durante el resto de su vida. Pero sabía que eso nunca más volvería a suceder. Y eso le enfadaba cada vez más.

- Gracias Sanji,- se dice a sí mismo -. Por tu culpa estoy peor que antes.

Pero unos golpes le hacen volver. La puerta del gimnasio se abre.

- Oye Zoro, aun faltan un par de días para que se cargue el Log Pose, así que vamos a ir a dar una vuelta por la isla. ¿Te vienes?

- Claro, Nami. Ahora mismo lo que más me conviene es estar junto a Sanji sin poder catarlo a solas estos dos días,- piensa Zoro.

- No, Nami. No tengo ganas,- responde el peliverde.

- ¿No te vienes?

Aquella voz le hizo helarse.

- Mejor, así no habrá que ir a buscar al marimo.

- ¡Oye, rubiales! ¡Como te vuelvas a meter conmigo te atravesaré con mi katana!

- ¡No me amenaces, pelo de alga, que te arreo!

-¡Chicos, chicos!,- Nami intercede entre los dos -. Casi mejor que Zoro se quede, para cuidar del barco.

- ¡Pues ahora sí que me voy con vosotros!,- responde Zoro, levantándose enojado.

Al pasar por la puerta, al lado de Nami y Sanji, no pudo evitar sentir su piel erizarse, su corazón empezó a palpitar a gran velocidad, su cabeza le empezó a dar vueltas. Incluso tuvo que pararse un segundo, apoyándose en la pared para evitar caerse por el mareo. Le tocó. Sanji le rozó con la mano en la suya. Como ya conocía su punto débil, ese cocinerucho sabía cómo alterarle. Idiota...




sábado, 30 de junio de 2012

CAPITULO 21

A la hora de la comida, el comedor se convirtió en un devenir de diálogos. Luffy engullendo sin parar, Chopper y Usopp riendo sus gracias, Franky comentando de vez en cuando con el árabe algunas mejoras que tiene en mente para el barco, Brook haciendo gala de su extremada elegancia,  Robin inmersa en sus libros, Sanji y Nami deshaciéndose en mimos y halagos mutuos, y Zoro... no pudiendo evitar observarles. Le alegraba que Sanji fuera feliz, que su amigo tuviera un futuro, algo que él nunca tendría.

De repente, no pudo evitar recordar su aventura de hace unos minutos. Se perdió entre aquellos recuerdos mientras observaba a su amigo dedicando carantoñas a su ya esposa. Se imaginó que se las hacía a él. Y no pudo evitar sonreír con cierto sonrojo. Ya había probado de él, ya conocía su sabor, su olor, su tacto. No era como él había imaginado, pero tampoco le desagradaba demasiado. Quizá sabía demasiado a tabaco, pero no le importaba.

Ya había podido saborearle hacía unos minutos, y, la verdad, no fue como él esperaba. Había pensado durante aquellos instantes en silencio a su lado no volver a acostarse con él, pero se sorprendió a sí mismo deseándolo de nuevo. Y baja la mirada, centrándose en su plato, tratando de exiliar esos pensamientos de su mente. Pero ya era tarde. Se había vuelto dependiente de él. Quería volver a acostarse con él, ahí mismo, en ese preciso momento. Quería apartarle de las garras de la pelirroja, agarrarle con fuerza y follarle encima de la mesa. No le importaba que les vieran todos. Sólo quería volver a repetirlo.

Pensaba en cómo poder saborearlo en distintos momentos y lugares. Cuando todos se fueran tras terminar de comer, quedarse con él a limpiar los platos. O a la hora de ir a explorar esos nuevos mundos que cada día descubren, quedarse con él a solas. Tras una desgastadora pelea, que Sanji se quede a su lado en la enfermería. O él al suyo.

Sanji le había iniciado en aquello del sexo griego, pero él no tuvo la oportunidad de responderle recíprocamente. Y quiso hacerlo.

- ¡Eh, Zoro!,- la jovial voz del capitán le hizo volver en sí -. ¿Te pasa algo? Estás muy rojo.

- ¡Ay, Dios!,- exclama Chopper -. ¡Ha vuelto a recaer!

- No... no es nada, Chopper. Tranquilo.

Maldito Luffy...

- Uyuyuy... Creo que nuestro amiguito está pensando en algo... O en alguien,- ríe Franky, dándole codazos en el costado -. En alguna amiguita que habrá conocido en la isla.

- ¿Alguna amiguita?,- pregunta, inocente, el joven doctor.

- Así que una amiguita, ¿eh?,- continúa Brook -. ¿No será la sobrina del panadero del pueblo? Ahora lo entiendo todo...

- Dejadme en paz...,- murmura, enojado, Zoro, bajando el rostro.

Zoro levanta por un segundo la vista. Sanji le estaba observando, sonriente. Y aquella sonrisa le hacía arder la sangre. No sabía cuánto tiempo más iba a poder aguantar sin tumbarle sobre la mesa y devolverle el favor.

CAPITULO 20

Chopper entró en el cuarto. Lo que vio le dejó perplejo. Se quedó inmóvil como una estatua.

- Zo... Zoro... Pero... Tú...,- corre hacia la cama, donde Zoro se hallaba acostado -. ¡Dios, Zoro! ¡Estás empapado en sudor y jadeando! ¿Te encuentras bien? ¿Te pasa algo?

- No... no es nada, Chopper. Acabo de tener una pesadilla. Eso es todo,- responde Zoro.

- Me había asustado,- el renito respira aliviado -. ¿Y Sanji? Dijo que se quedaba para cuidarte,- Chopper lo busca.

- ¿Sa... Sanji? Oh... Pues... (Rápido, Zoro, piensa algo creible) Pues estará en la cocina, ¿dónde si no?

- Cierto,- sonríe Chopper, infantilmente -. Bueno...,- Chopper le toma el pulso -. Aún sigues alterado. Descansa un poco, relájate, que en un rato vuelvo para hacerte un pequeño chequeo,- y sale del cuarto.

Cuando cierra la puerta, Zoro deja escapar de su boca un fuerte suspiro de relax al tiempo que cierra los ojos. Pero ese momento relajante es interrumpido por una voz en off.

- ¿Ya se ha ido?

Zoro abre los ojos, sobresaltado. Al momento, mira debajo de la cama.

- Sí. Ya puedes salir.

De debajo de la cama sale, arrastrándose, Sanji, aún desnudo, con la ropa en la mano.

- Por muy poquito...

- Nos ha ido por un pelo...

Los dos se quedan frente a frente, con la cabeza gacha, sonrojados.

- La próxima vez debemos tener más cuidado...,- murmura Zoro.

- ¿Próxima vez?,- pregunta Sanji, extrañado -. ¿Quién ha hablado aquí de próximas veces?

Zoro le mira, sorprendido.

- Perdona... Yo...

Sanji ríe.

- Tranquilo, marimo,- y se despide de él con un breve beso.

- ¡Namicita! ¡Ven a saludar a tu señor esposo!,- se le oye gritar al salir del camarote. Zoro se tumba en la cama, dejándose llevar por los recuerdos de ese momento de pasión incontrolable de hace unos instantes.

sábado, 23 de junio de 2012

CAPITULO 19

Zoro seguía con la mirada fija en el techo, perdiéndose entre los maderos.

- ¿No vas a decir nada?,- pregunta Sanji, recostado en la cama, encendiéndose un cigarro.

¿Decir, qué? ¿Que había estado esperando ese momento toda su vida, desde que le conoció, y que se había imaginado mil y una situaciones para culminarlo, pero que ahora se siente violado? No tenía ganas de hablar. Sólo quería morirse.

- Dí algo,- continúa el cocinero, volviéndose hacia Zoro, acercándole el cigarro a la boca -. Llevas todo el rato callado.

- Sabes que no fumo,- le corta Zoro, apático.

- ¡Aleluya! ¡El señor ha hablado al fin! ¿Se puede saber qué te pasa? ¿No era esto lo que llevabas esperando desde siempre?

- Sí, pero no así,- Zoro le mira.

- ¿Cómo que no así?

- Me siento... forzado.

- ¿Forzado? ¿Cómo que...? ¡Ah!,- Sanji se sonroja -. Perdona, creo que tu pasión del principio saltó luego a mí. Pero no te he hecho daño ni nada, ¿no?,- Zoro se sonroja y baja el rostro -. ¿Zoro?

- No, tranquilo,- tartamudea en un susurro el samurai -. Ante todo, fuiste un caballero.

- Siempre lo soy. Y no sólo con las mujeres,- sonríe el cocinero.

- Creído...,- murmura Zoro, sonriente.

- Pero dime una cosa,- Sanji se tumba a su lado, abrazándolo -. ¿Estaba dentro de tus expectativas?

- Psé... No ha estado mal...

- ¿Cómo que no ha estado mal?,- pregunta Sanji, sorprendido -. ¡Si era tu primera vez! Además, no podías haberte iniciado con nadie mejor que con el Casanova de este barco ¡No me digas que esperabas mucho más!,- Sanji se pone encima de Zoro, aprisionándole. Zoro baja el rostro -. Zoro... ,- Zoro levanta levemente el rostro, dejando ver una sonrisa, una sonrisa con tintes sádicos capaz de helar la sangre más caliente, esa sonrisa que sólo es capaz de hacer Zoro cuando va a entrar en batalla.

- Es la hora de mi venganza,- contesta Zoro con voz grave al tiempo que logra deshacerse de la prisión de su amigo y tumbarle en la cama para devorarle a besos mientras Sanji ríe estrepitosamente. Al poco, Zoro le tapa la boca mientras mira fijamente la puerta del camarote, cerrada.

- ¿Has oído?,- Zoro estaba muy serio.

- ¿El qué?

- Calla,- nuevamente el silencio.

- ¡Chicos! ¡Hemos vuelto!

De repente, Zoro y Sanji salen rápidamente de la cama y se visten atropelladamente.

- Mierda, mierda, mierda,- repetía sin cesar Zoro.

- Como nos pillen, estamos apañados.

- Zoro,- se oye decir a Chopper mientras abre la puerta -, ¿qué tal te encuentras?

sábado, 16 de junio de 2012

CAPITULO 18

Aquella sensación le transportaba a un mundo utópico de sensaciones nuevas e increíbles. Cada beso, cada caricia le hacia experimentar sensaciones nunca antes sentidas por él. Ese maldito cocinero sabía qué hacer y cómo hacerlo. Bastó un beso, un sólo beso, en su cuello para desarmarlo. Basto un sólo beso para querer más. Bastó un sólo beso para desearlo.

Sin darse cuenta, Sanji le estaba abrazando por detrás. El contacto de su piel le hacía tener los vellos de punta, le hacía jadear como si acabara de correr una maratón, y le hacía envolverse en un sudor frío. Su cabeza le decía que se alejara, su corazón le contradecía, pero una tercera parte de su cuerpo acabó zanjando la discusión con un rotundo sí, verificado por el rubio.

Sus manos se deslizaban por su cicatrizado abdomen, cabalgando por los ásperos músculos, hasta poder traspasar la línea del pantalón. Hasta entonces, nadie, hombre o mujer, había osado y podido llegar tan lejos. Zoro seguía fuera de sí, en aquel mundo maravilloso de explosiones, sin ser consciente del sacrilegio cometido por su amigo.

- ¿Qué tal lo llevas?,- murmura Sanji, entre caricias y besos. Zoro entreabre los ojos para intentar mirarle, pero seguía sumido en aquel sueño, y, como si de la duermevela se tratase, fundió ambos mundo, el fantástico y el real, y acabó viendo a su amigo envuelto en un halo de fantasía. De repente, como poseído por una fuerza extraña, toma al cocinero de la cabeza y lo besa apasionadamente, forzándolo a caer en la cama. Sus lenguas comenzaron una extraña batalla, mostrando el mismo carácter que el de sus dueños: la de Zoro enseñaba una fuerza sobrehumana y dominadora, la de Sanji era más suave y sumisa. En un momento de extrema pasión, Zoro se deshace de la camisa de su amigo tirando con fuerza de la pechera, saltando los botones y mostrando su pálido torso -. Calma, fiera,- sonríe Sanji.

Zoro se detiene, asustado.

- Lo... lo siento,- tartamudea Zoro, calmado totalmente -. Este... este no soy yo. No sé qué me ha podido pasar...,- se aleja de él.

- Yo sí lo sé,- Sanji le retiene tomándole del hombro -. Es normal que se haya desatado esta pasión en ti. Llevas muchos años guardándolo y tarde o temprano tendría que explotar.

- Pero yo...,- murmura Zoro, entre lloroso y aterrado por su pronto.

- Tú déjame a mí,- responde el cocinero, forzando al peliverde a tumbarse. Pidiendo la revancha contra su lengua, Sanji se coloca encima de Zoro, envolviéndolo en un sinfín de besos y caricias por todo el cuerpo, recreándose en las zonas más sensitivas. Zoro luchaba contra sí mismo para no volver a actuar como hacía un momento, pero el cúmulo de sensaciones era demasiado grande. De repente, Zoro abre los ojos de par en par. Su mirada quedaba fija en el techo. Lentamente bajaba el gesto para mirar a su amigo. Ya estaban los dos desprovistos de ropa, y Sanji jugueteaba con su propio sexo, rozando la intimidad de Zoro, con cierto halo de malicia en su sonrisa.

- No, por favor...,- susurraba, aterrado, el peliverde -. Te lo suplico...

- Tú me has hecho padecer mil penurias con tu suicidio,- responde Sanji, con tintes sádicos en su voz -. Ahora es mi turno para hacerte sufrir. ¿Lo haré o no lo haré? Veamos...,- Sanji escenificaba una falsa duda, con la mirada gacha y una de sus manos acariciando su barbilla.

- Sa... Sanji...

Sanji le mira, sonriente. Se acuesta sobre él. Se queda a pocos centímetros de su rostro, fijando su cada vez más siniestra mirada en las aterradas pupilas de Zoro.

- No... Por favor...

- Pero, ¿no era lo que querías?

- Pero es que...

- Ahora no te hagas el remilgado. ¡Si tú hasta hace un minuto me arrancaste la camisa de cuajo!

- Pero ya te he dicho que yo...,- pero Zoro no puede continuar porque Sanji le calla con un beso. Zoro trataba de hablar, gimiendo, pero Sanji no le hacía caso. Zoro se desesperaba cada vez más, hasta que su cuerpo acaba arqueándose fusionado con un quejido lastimero y con una lágrima saliendo de sus ojos, cerrados con fuerza.

Porque Sanji, finalmente, lo hizo.