Sanji seguía sumido en aquella tristeza abismal. Sus ojos no cesaban de destilar la congoja de su alma. Seguía aún arrodillado sobre el césped del bosque. El no poder encontrar a su amigo, pensar en la terrible decisión que había tomado y saber que él mismo era la causa lo martirizaba de manera sobrehumana. Quería buscarlo para hablar con él. Quería convencerlo de que todo aquello no le importaba; lo único importante era su amistad. Lo conocía desde hace años y eso no iba a cambiar, aunque ahora, tras la boda, la convivencia en el barco sería algo tensa, pero él intentaría quitarle importancia. Era su amigo, por encima de todo.
Sanji logra levantar el rostro, toma un último hálito y, con las pocas fuerzas que le quedaban, logra lanzar un último grito de esperanza.
- ¡Zoro!
De repente, Sanji se calma, su rostro torna terroríficamente serio. Sus ojos destellan con un halo de miedo indescriptible. Se levanta lentamente y, tras unos instantes de pie inmóvil, comienza a andar, primero pausadamente, luego corriendo. Su vista no deja de mirar al horizonte. Tras un árbol descubre un brazo sobresaliendo de detrás, acompañado de un pequeño río malva que brotaba a los pies del árbol. Al dar la vuelta, el terror invade su cuerpo, se queda inmóvil, como una estatua. El tono claro de su piel se torna al momento blanco. Sus ojos enseñan un nivel de terror inhumano. Al momento, sus piernas le fallan y cae al suelo, arrodillado mientras abraza aquel cuerpo ensangrentado.
sábado, 24 de marzo de 2012
sábado, 17 de marzo de 2012
CAPITULO 5
Zoro ocultaba su tristeza entre sus brazos y sus rodillas. Acurrucado tras un árbol, oía el discurso de su amigo. Quería dejar de sufrir y por eso no paraba de repetir en su cabeza "Cállate". La ira se adueñaba de él. Quiso levantarse e ir junto a Sanji para cortarle la cabeza con su afilada katana, pero no era más que su imaginación. Él jamás se atrevería a herir a algún conocido. No. Él ha cambiado por completo, y ya no mata por placer o por dinero, sino para ayudar a su capitán a ser el Rey de los Piratas. No sabe por qué, pero aquel joven que le salvó la vida marcó un antes y un después en su vida. Un después muy importante para él, ya que luego conocería a Sanji, aquel cocinero pervertido, siempre detrás de las mujeres. No lo había sabido hasta mucho después, pero necesitaba a aquel muchacho rubio. Lo necesitaba para poder desquitarse. Sus eternas horas de gimnasio no eran suficientes para canalizar toda su irascibilidad, y necesitaba pelearse con alguien. Luffy quedaba descartado, ya que, como buen samurai, le respetaba, pues era su superior, y rebelarse contra él era señal de deshonra.
Cuando Sanji se incorporó a aquella incipiente tripulación, pronto vio que los dos tenían más en común de lo que creía. Sanji también necesitaba desquitarse, pues era de su misma edad, y el fuego que invadía sus cuerpos tenían que librarse de él prácticamente todos los días. Así se forjó una amistad que duraría toda la vida. Pero su visión de aquella relación evolucionó de tal formó que llegó a ser totalmente diferente a la visión de Sanji. El cocinero lo veía como una fraternidad, Zoro era como el hermano que nunca tuvo. El concepto de Zoro iba más allá. Y se sorprendió varias veces al darse cuenta de que veía a su amigo con otros ojos. Y aquel descubrimiento era el que le amargaría todo este tiempo. Y cuando Sanji y Nami formalizaron su relación, el odio y los celos invadieron su ser. Celos hacia Nami. Odio hacia sí mismo. Odio por no haber sido más valiente y haberle confesado sus sentimientos. Pero era su amigo, no soportaba que esa amistad se rompiera por aquello. Quería tenerle cerca, oírle, hablarle, olerle, sentirle. Y Zoro comenzó a imaginar. Cada vez que Sanji cocinaba, Zoro cerraba los ojos y se imaginaba que aquellos aromas los desprendía la piel de Sanji. Llegó a creer que Sanji olía a romero, canela y azafrán, que sus besos sabían a leche, miel y fresas, que su cuerpo era suave como la piel del melocotón. Incluso alguna vez llegó a ver a Sanji como si de un cuadro de Archimboldo se tratase.
Angustiado por esos recuerdos, por ese sentimiento y por ese futuro que tantas y tantas veces se imaginó y que nunca llegaría a realizarse, toma la katana entre sus manos, la observa, entre asustado y decidido, coloca la punta en su vientre y, derramando una lágrima, aprieta sus manos contra el puño de la espada.
Cuando Sanji se incorporó a aquella incipiente tripulación, pronto vio que los dos tenían más en común de lo que creía. Sanji también necesitaba desquitarse, pues era de su misma edad, y el fuego que invadía sus cuerpos tenían que librarse de él prácticamente todos los días. Así se forjó una amistad que duraría toda la vida. Pero su visión de aquella relación evolucionó de tal formó que llegó a ser totalmente diferente a la visión de Sanji. El cocinero lo veía como una fraternidad, Zoro era como el hermano que nunca tuvo. El concepto de Zoro iba más allá. Y se sorprendió varias veces al darse cuenta de que veía a su amigo con otros ojos. Y aquel descubrimiento era el que le amargaría todo este tiempo. Y cuando Sanji y Nami formalizaron su relación, el odio y los celos invadieron su ser. Celos hacia Nami. Odio hacia sí mismo. Odio por no haber sido más valiente y haberle confesado sus sentimientos. Pero era su amigo, no soportaba que esa amistad se rompiera por aquello. Quería tenerle cerca, oírle, hablarle, olerle, sentirle. Y Zoro comenzó a imaginar. Cada vez que Sanji cocinaba, Zoro cerraba los ojos y se imaginaba que aquellos aromas los desprendía la piel de Sanji. Llegó a creer que Sanji olía a romero, canela y azafrán, que sus besos sabían a leche, miel y fresas, que su cuerpo era suave como la piel del melocotón. Incluso alguna vez llegó a ver a Sanji como si de un cuadro de Archimboldo se tratase.
Angustiado por esos recuerdos, por ese sentimiento y por ese futuro que tantas y tantas veces se imaginó y que nunca llegaría a realizarse, toma la katana entre sus manos, la observa, entre asustado y decidido, coloca la punta en su vientre y, derramando una lágrima, aprieta sus manos contra el puño de la espada.
sábado, 10 de marzo de 2012
CAPITULO 4
El ulular del viento entre las ramas de aquel pequeño bosque era roto por el sollozo lastimero de aquel hombre en traje, arrodillado en el suelo, con el rostro entre las manos.
- Mi vida es un infierno,- logra decirse a sí mismo -. Todos estos años he vivido una mentira. Pensaba que se resolvería, que me olvidaría de ello, pero estos últimos días han sido auténticos martirios. Me he estado engañando y mintiendo a mí mismo. Nunca quise ver la realidad, viviendo otra totalmente diferente aquí, en mi imaginación. Sabía que esto tendría que acabar, y que sería de esta manera...
El hombre se separa sus manos de su rostro, se yergue marcialmente y cierra los ojos para calmarse. Mete su mano en el interior del chaqué para sacar una pequeña petaca, de la que bebe un pequeño sorbo. Lentamente se desprende de su chaqué, se desabrocha casi de un modo ritual la camisa para dejar al descubierto un torso moldeado y cobrizo, únicamente afeado por una enorme cicatriz que le recorre todo el cuerpo. Deja caer la camisa de su cuerpo y mete las mangas debajo de sus muslos. Abre los ojos para poder tomar la katana que yacía a su lado. La desenvaina para observar su reflejo en el filo. Durante unos segundos se queda inmóvil, como hipnotizado por el reflejo. Una gota se derrama sobre la cuchilla. Al cerrar los ojos, y dejando que se escapase otra lágrima de ellos, vuelve a dejar la katana sobre el césped. Toma de nuevo el chaqué, esta vez para sacar de uno de sus bolsillos interiores una hoja de papel, perfectamente doblada. Observa la familiar tipografía del alfabeto nipón, con líneas y rasgos casi tan perfectos que casi se podría decir que está escrito por ordenador, pero algún que otro pequeño borrón de tinta confirma que está todo escrito a mano. Los caracteres サンジ aparecen ocupando prácticamente toda la vertical del papel. Abre el papel.
"Mi corazón se comporta/como una flor marchita/tras perder el honor/de vivir un amor a escondidas"
Vuelve a doblar el papel lentamente, siguiendo las pautas de las dobleces ya marcadas. Deja el papel delante suyo, centrado milimétricamente, y con los kanji al revés. Toma la katana, coloca la punta en el extremo izquierdo de su abdomen y comienza a respirar pausada y profundamente, a modo de calmante, pues sus manos, empuñando fuertemente el mango de la espada, temblaban. De repente, su vientre se hunde a la vez que su pecho se hincha y su cabeza se yergue casi majestuosa. Sus manos aferran la espada con fuerza a punto de hundirla en su cuerpo. Sus ojos, cerrados casi en éxtasis, se abren de improviso, sorprendidos. El hombre permanece inmóvil.
- ¡ZORO!
Aquella voz, desesperada, le hizo detenerse en el último momento. Una gota de sudor nació de la frente del espadachín, recorriendo su sien y su mejilla hasta quedar en suspensión en su mandíbula.
El silencio se hizo en aquel bosque. Zoro no se movía. Las ramas dejaban escapar un débil crujido promovido por la brisa que las mecía. Los cortos tallos de la hierba bailaban formando fantásticos dibujos en el césped.
- Lárgate,- murmura Zoro.
- No,- responde aquella voz, temblorosa y firme a la vez.
- ¿No me has oído, maldito cocinero? ¡He dicho que te vayas!,- el rugido de Zoro hizo temblar de miedo a Sanji.
- Por favor, Zoro. No lo hagas...
- No sabes nada. Déjame,- Zoro vuelve a envalentonarse para atravesarse el vientre.
- ¡Detente!,- Sanji vuelve a interrumpirle a tiempo.
- ¿Prefieres que te rebane el pescuezo?,- Zoro le mira de refilón, relajando sus brazos.
- ¿Por qué?,- pregunta el cocinero, con los ojos vidriosos y las rodillas débiles.
- No te incumbe,- Zoro vuelve a darle la espalda.
- Somos amigos desde el primer día.
- No. No lo somos.
- Todos en el barco somos amigos. ¿Por qué crees que Nami le pidió a Robin ser su dama de honor?
- Porque no hay más mujeres en el barco.
- ¿Por qué crees que os pedí a todos vosotros ser mis padrinos?,- Zoro no contesta -. Porque os quiero a todos. Sois mis amigos, mis hermanos. Y me extrañó que no hayas asistido a la boda. Además, a cualquiera le pude haber pedido que me guardara las alianzas, pero te he elegido a ti sin pensarlo.
- Habérselo pedido a Franky,- responde, con el malhumor en su tono de voz -. Él es un robot. Podía guardarlas en algún compartimento de su cuerpo.
- Pero te lo pedí a ti el primero. Como te dije a ti el primero que me iba a casar con Nami, que, por cierto, nunca te he dado las gracias de habernos guardado el secreto todos esos meses.
Zoro nota la mano de Sanji sobre su hombro. No se había dado cuenta, pero el cocinero se había acercado a él. ¿Cómo pudo ser? Él, Zoro Roronoa, el gran espadachín, el cazador de piratas, capaz de estar alerta hasta en el más profundo de los sueños, no pudo notar a Sanji a su lado.
- Por favor...,- susurra Sanji, con su voz más compasiva.
Aquella voz, aquel tono le desarmó por completo. La katana se escapó de sus manos para caer al suelo, sus brazos flaquearon y cayeron, su cabeza se desplomó hasta casi tocarse el pecho. Sus ojos dejaron por fin florecer todos los sentimientos que se habían ido asentando poco a poco en su alma. Sanji se quedó petrificado. Jamás había visto a su compañero llorar. Tanto era así, que llegó a pensar que no era humano, o que no tenía corazón. Literalmente. Aunque alguna noche creyó haberle oído...
- No puedo vivir así...,- responde Zoro, entre sollozos -. Un samurai, un hombre como yo no debe dejarse llevar por los sentimientos. Si alguien me viera así... Si mi maestro me viera así...
- Posiblemente te alabaría,- responde Sanji, sin saber por qué ha dicho eso. Zoro seguía sumido en su llanto. Sanji, temoroso, le abraza, primero con cuidado, luego, tras ver que Zoro no reaccionaba mal, fuertemente -. Es normal que un hombre llore. Eso no le quita hombría. Es más, para mí, un verdadero hombre es aquel que es capaz de mostrar sus sentimiento sin vergüenza ni pudor.
- Lo único que hace grande a un hombre es su honor.
- ¿E ibas a hacer esta locura por el honor?
Zoro se vuelve.
- No. No era por el honor. Era por mi honor,- Sanji frunce ligeramente el ceño -. Bah. Tú no lo entenderías. No eres samurai.
- No. No lo soy. Pero he luchado a tu lado todos estos años y te conozco. Posiblemente no tenga el mismo concepto del honor que tú, pero te conozco, y si has estado a punto de... hacer esto, es que algo va mal. Algo va muy mal.- Sanji se coloca delante de él. Aleja la katana de ellos, pero ve el papel con su nombre -. ¿Y esto?,- lo va a abrir cuando Zoro se lo quita rápidamente de las manos.
- No... no es nada...,- Zoro gira el rostro, avergonzado.
- Pero... estaba a mi nombre...
- No es nada, de verdad.
- Zoro, ibas a hacerte el harakiri, y eso tenía pinta de ser tu yuigon, y estaba a mi nombre...,- le hace girar el rostro, mirándole a los ojos fijamente -. ¿Me vas a contar ya lo que te pasa? Te prometo que no se lo diré a nadie, si así estás más cómodo.
Durante un momento, Zoro, con la mirada acuosa, se pierde en el ojo visible del cocinero. Por un instante abre la boca, pero ningún sonido sale de ella.
- No,- responde, apartando la mirada -. No puedo...
- A Nami y a mí nos has destrozado nuestro día.,- le responde, tomándolo violentamente de los brazos -. Necesito una excusa, y más te vale que sea buena o te juro que esa espada acabará dentro de tu cuerpo.
Zoro vuelve a mirarle a la cara. Una lágrima ya caía por su mejilla.
- Zoro...,- murmura Sanji, a punto de imitarle -. Me estás asustando... ¿Qué es eso que tanto te cuesta confesar y que casi te cuesta la vida?
- Sanji. Soy un cobarde. He vivido toda mi vida una vida que no era mía. No era yo. Os he estado engañando a todos. Me he estado engañando a mí mismo. Y no quería defraudaros. He sido un cobarde, y no he encontrado otra manera de terminar con este suplicio que esto.
- ¿Y acabar así no crees que es lo más cobarde que has hecho en tu vida? Tú, el mejor espadachín del mundo, el hombre que es capaz de enfrentarse a ejércitos enteros con sólo sus tres katanas, el hombre que espera poder encontrarse otra vez con Mihawk, y únicamente para derrotarle. Tú, el hombre más valiente que conozco, aparte de Luffy, iba a acabar de la manera más cobarde.
- Sanji...,- responde Zoro, ya sin fuerzas para retener sus sentimientos, acariciando la mejilla del rubio -. Te... Te...,- y, de repente, se lanza hacia él en un apasionado beso. Durante unos instantes, Zoro se dejó llevar por su reacción, al contrario que Sanji, que no pudo evitar asombrarse. Finalmente, Zoro se separa lentamente. Al abrir los ojos, reacciona torpe y nerviosamente -. Lo... ¡lo siento! ¡No era mi intención! Yo... yo...,- de repente, se levanta, toma la katana y se aleja corriendo.
Sanji aún sigue inmóvil, tratando de entender todo lo que había pasado en ese momento preciso. Zoro le acababa de besar. ¿Zoro? ¿El hombre más varonil que ha conocido en su vida? Era imposible. Aquello era una pesadilla. Un sueño que acabó en pesadilla. Delante de sí ve la carta de Zoro, que se le cayó al levantarse. La abre y la lee. Aquellas rimas le alteraron el alma. Era verdad. Ahora comprendía todo. La nerviosa reacción de Zoro cuando él le reveló su boda con Nami, su no-asistencia a la boda. Todo. Zoro estaba enamorado de él, y ese amor, que nunca se iba a consumar, le estaba consumiendo a él, y no halló otro recurso para terminar con todo que el suicidio. Como buen samurai que es, el peliverde había preparado todo al milímetro para que saliera perfecto... ¡La katana! ¡Se había llevado consigo la katana! Sanji se levanta raudo, toma el chaqué de su compañero y corre a buscarlo. Sus llamadas no recibían respuesta. Era normal, Zoro no querría contestarle. Se sentiría muy confuso tras lo que acababa de hacer, pero Sanji temía por su vida, temía que llevara a cabo aquella locura mortal.
- ¡Zoro!,- gritaba el cocinero -. ¡No lo hagas, por favor! ¡Me da igual todo! ¡Comprendo lo que te ocurre, pero no lo hagas!,- silencio -. ¡Eres mi amigo! ¡Ya nada sería lo mismo sin ti! ¿Me oyes? ¡Nada!,- silencio de nuevo. Sanji se detiene y mira a su alrededor, ansioso -. ¡Por favor, no lo hagas! ¡Puedo vivir con tu secreto, puedo vivir a tu lado sabiéndolo durante años, pero no podría vivir sin ti! ¡No podría! ¡Si de verdad me amas, demuéstralo viviendo! ¡Demuéstrame que me amas haciéndome feliz! ¿Quieres acaso que yo muera por tu culpa? ¡No lo hagas, por favor!,- Sanji se derrumba, cayendo de rodillas y llorando -. Te lo suplico...
- Mi vida es un infierno,- logra decirse a sí mismo -. Todos estos años he vivido una mentira. Pensaba que se resolvería, que me olvidaría de ello, pero estos últimos días han sido auténticos martirios. Me he estado engañando y mintiendo a mí mismo. Nunca quise ver la realidad, viviendo otra totalmente diferente aquí, en mi imaginación. Sabía que esto tendría que acabar, y que sería de esta manera...
El hombre se separa sus manos de su rostro, se yergue marcialmente y cierra los ojos para calmarse. Mete su mano en el interior del chaqué para sacar una pequeña petaca, de la que bebe un pequeño sorbo. Lentamente se desprende de su chaqué, se desabrocha casi de un modo ritual la camisa para dejar al descubierto un torso moldeado y cobrizo, únicamente afeado por una enorme cicatriz que le recorre todo el cuerpo. Deja caer la camisa de su cuerpo y mete las mangas debajo de sus muslos. Abre los ojos para poder tomar la katana que yacía a su lado. La desenvaina para observar su reflejo en el filo. Durante unos segundos se queda inmóvil, como hipnotizado por el reflejo. Una gota se derrama sobre la cuchilla. Al cerrar los ojos, y dejando que se escapase otra lágrima de ellos, vuelve a dejar la katana sobre el césped. Toma de nuevo el chaqué, esta vez para sacar de uno de sus bolsillos interiores una hoja de papel, perfectamente doblada. Observa la familiar tipografía del alfabeto nipón, con líneas y rasgos casi tan perfectos que casi se podría decir que está escrito por ordenador, pero algún que otro pequeño borrón de tinta confirma que está todo escrito a mano. Los caracteres サンジ aparecen ocupando prácticamente toda la vertical del papel. Abre el papel.
"Mi corazón se comporta/como una flor marchita/tras perder el honor/de vivir un amor a escondidas"
Vuelve a doblar el papel lentamente, siguiendo las pautas de las dobleces ya marcadas. Deja el papel delante suyo, centrado milimétricamente, y con los kanji al revés. Toma la katana, coloca la punta en el extremo izquierdo de su abdomen y comienza a respirar pausada y profundamente, a modo de calmante, pues sus manos, empuñando fuertemente el mango de la espada, temblaban. De repente, su vientre se hunde a la vez que su pecho se hincha y su cabeza se yergue casi majestuosa. Sus manos aferran la espada con fuerza a punto de hundirla en su cuerpo. Sus ojos, cerrados casi en éxtasis, se abren de improviso, sorprendidos. El hombre permanece inmóvil.
- ¡ZORO!
Aquella voz, desesperada, le hizo detenerse en el último momento. Una gota de sudor nació de la frente del espadachín, recorriendo su sien y su mejilla hasta quedar en suspensión en su mandíbula.
El silencio se hizo en aquel bosque. Zoro no se movía. Las ramas dejaban escapar un débil crujido promovido por la brisa que las mecía. Los cortos tallos de la hierba bailaban formando fantásticos dibujos en el césped.
- Lárgate,- murmura Zoro.
- No,- responde aquella voz, temblorosa y firme a la vez.
- ¿No me has oído, maldito cocinero? ¡He dicho que te vayas!,- el rugido de Zoro hizo temblar de miedo a Sanji.
- Por favor, Zoro. No lo hagas...
- No sabes nada. Déjame,- Zoro vuelve a envalentonarse para atravesarse el vientre.
- ¡Detente!,- Sanji vuelve a interrumpirle a tiempo.
- ¿Prefieres que te rebane el pescuezo?,- Zoro le mira de refilón, relajando sus brazos.
- ¿Por qué?,- pregunta el cocinero, con los ojos vidriosos y las rodillas débiles.
- No te incumbe,- Zoro vuelve a darle la espalda.
- Somos amigos desde el primer día.
- No. No lo somos.
- Todos en el barco somos amigos. ¿Por qué crees que Nami le pidió a Robin ser su dama de honor?
- Porque no hay más mujeres en el barco.
- ¿Por qué crees que os pedí a todos vosotros ser mis padrinos?,- Zoro no contesta -. Porque os quiero a todos. Sois mis amigos, mis hermanos. Y me extrañó que no hayas asistido a la boda. Además, a cualquiera le pude haber pedido que me guardara las alianzas, pero te he elegido a ti sin pensarlo.
- Habérselo pedido a Franky,- responde, con el malhumor en su tono de voz -. Él es un robot. Podía guardarlas en algún compartimento de su cuerpo.
- Pero te lo pedí a ti el primero. Como te dije a ti el primero que me iba a casar con Nami, que, por cierto, nunca te he dado las gracias de habernos guardado el secreto todos esos meses.
Zoro nota la mano de Sanji sobre su hombro. No se había dado cuenta, pero el cocinero se había acercado a él. ¿Cómo pudo ser? Él, Zoro Roronoa, el gran espadachín, el cazador de piratas, capaz de estar alerta hasta en el más profundo de los sueños, no pudo notar a Sanji a su lado.
- Por favor...,- susurra Sanji, con su voz más compasiva.
Aquella voz, aquel tono le desarmó por completo. La katana se escapó de sus manos para caer al suelo, sus brazos flaquearon y cayeron, su cabeza se desplomó hasta casi tocarse el pecho. Sus ojos dejaron por fin florecer todos los sentimientos que se habían ido asentando poco a poco en su alma. Sanji se quedó petrificado. Jamás había visto a su compañero llorar. Tanto era así, que llegó a pensar que no era humano, o que no tenía corazón. Literalmente. Aunque alguna noche creyó haberle oído...
- No puedo vivir así...,- responde Zoro, entre sollozos -. Un samurai, un hombre como yo no debe dejarse llevar por los sentimientos. Si alguien me viera así... Si mi maestro me viera así...
- Posiblemente te alabaría,- responde Sanji, sin saber por qué ha dicho eso. Zoro seguía sumido en su llanto. Sanji, temoroso, le abraza, primero con cuidado, luego, tras ver que Zoro no reaccionaba mal, fuertemente -. Es normal que un hombre llore. Eso no le quita hombría. Es más, para mí, un verdadero hombre es aquel que es capaz de mostrar sus sentimiento sin vergüenza ni pudor.
- Lo único que hace grande a un hombre es su honor.
- ¿E ibas a hacer esta locura por el honor?
Zoro se vuelve.
- No. No era por el honor. Era por mi honor,- Sanji frunce ligeramente el ceño -. Bah. Tú no lo entenderías. No eres samurai.
- No. No lo soy. Pero he luchado a tu lado todos estos años y te conozco. Posiblemente no tenga el mismo concepto del honor que tú, pero te conozco, y si has estado a punto de... hacer esto, es que algo va mal. Algo va muy mal.- Sanji se coloca delante de él. Aleja la katana de ellos, pero ve el papel con su nombre -. ¿Y esto?,- lo va a abrir cuando Zoro se lo quita rápidamente de las manos.
- No... no es nada...,- Zoro gira el rostro, avergonzado.
- Pero... estaba a mi nombre...
- No es nada, de verdad.
- Zoro, ibas a hacerte el harakiri, y eso tenía pinta de ser tu yuigon, y estaba a mi nombre...,- le hace girar el rostro, mirándole a los ojos fijamente -. ¿Me vas a contar ya lo que te pasa? Te prometo que no se lo diré a nadie, si así estás más cómodo.
Durante un momento, Zoro, con la mirada acuosa, se pierde en el ojo visible del cocinero. Por un instante abre la boca, pero ningún sonido sale de ella.
- No,- responde, apartando la mirada -. No puedo...
- A Nami y a mí nos has destrozado nuestro día.,- le responde, tomándolo violentamente de los brazos -. Necesito una excusa, y más te vale que sea buena o te juro que esa espada acabará dentro de tu cuerpo.
Zoro vuelve a mirarle a la cara. Una lágrima ya caía por su mejilla.
- Zoro...,- murmura Sanji, a punto de imitarle -. Me estás asustando... ¿Qué es eso que tanto te cuesta confesar y que casi te cuesta la vida?
- Sanji. Soy un cobarde. He vivido toda mi vida una vida que no era mía. No era yo. Os he estado engañando a todos. Me he estado engañando a mí mismo. Y no quería defraudaros. He sido un cobarde, y no he encontrado otra manera de terminar con este suplicio que esto.
- ¿Y acabar así no crees que es lo más cobarde que has hecho en tu vida? Tú, el mejor espadachín del mundo, el hombre que es capaz de enfrentarse a ejércitos enteros con sólo sus tres katanas, el hombre que espera poder encontrarse otra vez con Mihawk, y únicamente para derrotarle. Tú, el hombre más valiente que conozco, aparte de Luffy, iba a acabar de la manera más cobarde.
- Sanji...,- responde Zoro, ya sin fuerzas para retener sus sentimientos, acariciando la mejilla del rubio -. Te... Te...,- y, de repente, se lanza hacia él en un apasionado beso. Durante unos instantes, Zoro se dejó llevar por su reacción, al contrario que Sanji, que no pudo evitar asombrarse. Finalmente, Zoro se separa lentamente. Al abrir los ojos, reacciona torpe y nerviosamente -. Lo... ¡lo siento! ¡No era mi intención! Yo... yo...,- de repente, se levanta, toma la katana y se aleja corriendo.
Sanji aún sigue inmóvil, tratando de entender todo lo que había pasado en ese momento preciso. Zoro le acababa de besar. ¿Zoro? ¿El hombre más varonil que ha conocido en su vida? Era imposible. Aquello era una pesadilla. Un sueño que acabó en pesadilla. Delante de sí ve la carta de Zoro, que se le cayó al levantarse. La abre y la lee. Aquellas rimas le alteraron el alma. Era verdad. Ahora comprendía todo. La nerviosa reacción de Zoro cuando él le reveló su boda con Nami, su no-asistencia a la boda. Todo. Zoro estaba enamorado de él, y ese amor, que nunca se iba a consumar, le estaba consumiendo a él, y no halló otro recurso para terminar con todo que el suicidio. Como buen samurai que es, el peliverde había preparado todo al milímetro para que saliera perfecto... ¡La katana! ¡Se había llevado consigo la katana! Sanji se levanta raudo, toma el chaqué de su compañero y corre a buscarlo. Sus llamadas no recibían respuesta. Era normal, Zoro no querría contestarle. Se sentiría muy confuso tras lo que acababa de hacer, pero Sanji temía por su vida, temía que llevara a cabo aquella locura mortal.
- ¡Zoro!,- gritaba el cocinero -. ¡No lo hagas, por favor! ¡Me da igual todo! ¡Comprendo lo que te ocurre, pero no lo hagas!,- silencio -. ¡Eres mi amigo! ¡Ya nada sería lo mismo sin ti! ¿Me oyes? ¡Nada!,- silencio de nuevo. Sanji se detiene y mira a su alrededor, ansioso -. ¡Por favor, no lo hagas! ¡Puedo vivir con tu secreto, puedo vivir a tu lado sabiéndolo durante años, pero no podría vivir sin ti! ¡No podría! ¡Si de verdad me amas, demuéstralo viviendo! ¡Demuéstrame que me amas haciéndome feliz! ¿Quieres acaso que yo muera por tu culpa? ¡No lo hagas, por favor!,- Sanji se derrumba, cayendo de rodillas y llorando -. Te lo suplico...
sábado, 3 de marzo de 2012
CAPITULO 3
- ¿Cómo que no está en el barco?,- pregunta sorprendido Sanji a su capitán, de regreso al barco.
- No hemos encontrado nada,- responde Brook.
- Cuando vine debí de haberme fijado,- murmura Luffy -. Si es apenas me dio tiempo a llegar cuando acabó la ceremonia, de venir al barco y preparar las salvas.
- Ese maldito espadachín cabeza de alga me las pagará,- comenta entre diente Sanji.
- Tranquilo, Sanji,- Nami trata de calmarlo.
- Como le pille, le...
- Ya, ya...
- Le pedí, como a todos vosotros, ser el padrino, pero no se ha presentado el muy.... Y eso que él llevaba las alianzas,- se vuelve a Nami -. Perdona que no haya salido la boda tan perfecta...
- No te preocupes, un anillo es un anillo... Lo que cuenta es quién me lo pone. Aunque he de decir que este anillo de nuestro botín es hermosísimo...,- sonríe Nami.
- Nunca cambiarás,- sonríe Sanji, abrazándola. Luego se vuelve a sus compañeros -. ¿No os dijo nada de si se iba a ir a otro sitio?
- Nada,- responde Franky -. Además, fue el primero en irse, por eso me extrañó que no estuviera ya con vosotros.
- ¿Seguro que habéis mirado bien? ¿En la bodega? ¿En el gimansio?
- Sí, sí,- responde Robin, interrumpiéndolo -. Y no está por ningún sitio. Pero...
- ¿Pero?
- Me he fijado en que sus espadas están aquí.
- ¿Cómo que están aquí?,- Nami pregunta sorprendida -. Si le di permiso para que fuera a la boda con ellas, a pesar de que a mí no me gustaba que se presentara armado.
- Bueno, todas, todas, no. Falta una.
- ¿Cómo que falta una?
- No hemos encontrado nada,- responde Brook.
- Cuando vine debí de haberme fijado,- murmura Luffy -. Si es apenas me dio tiempo a llegar cuando acabó la ceremonia, de venir al barco y preparar las salvas.
- Ese maldito espadachín cabeza de alga me las pagará,- comenta entre diente Sanji.
- Tranquilo, Sanji,- Nami trata de calmarlo.
- Como le pille, le...
- Ya, ya...
- Le pedí, como a todos vosotros, ser el padrino, pero no se ha presentado el muy.... Y eso que él llevaba las alianzas,- se vuelve a Nami -. Perdona que no haya salido la boda tan perfecta...
- No te preocupes, un anillo es un anillo... Lo que cuenta es quién me lo pone. Aunque he de decir que este anillo de nuestro botín es hermosísimo...,- sonríe Nami.
- Nunca cambiarás,- sonríe Sanji, abrazándola. Luego se vuelve a sus compañeros -. ¿No os dijo nada de si se iba a ir a otro sitio?
- Nada,- responde Franky -. Además, fue el primero en irse, por eso me extrañó que no estuviera ya con vosotros.
- ¿Seguro que habéis mirado bien? ¿En la bodega? ¿En el gimansio?
- Sí, sí,- responde Robin, interrumpiéndolo -. Y no está por ningún sitio. Pero...
- ¿Pero?
- Me he fijado en que sus espadas están aquí.
- ¿Cómo que están aquí?,- Nami pregunta sorprendida -. Si le di permiso para que fuera a la boda con ellas, a pesar de que a mí no me gustaba que se presentara armado.
- Bueno, todas, todas, no. Falta una.
- ¿Cómo que falta una?
viernes, 24 de febrero de 2012
CAPITULO 2
- Ponme otra.
La gran algarabía del local solapaba su voz, pero el camarero, limpiando un vaso tras el mostrador, le pudo oír. Aquel grupo de marineros, borrachos, cantaban a viva voz canciones sobre un amor esperándoles en la otra punta del mundo, pero con cierto tono socarrón y cultivado de palabras malsonantes. La cerveza salpicaba el suelo y la ropa de aquella gente entre los vaivenes de su alegre baile.
- Ponme otra,- repite, sentado a la barra, cabizbajo.
- ¿No cree que ya ha bebido bastante?,- pregunta el camarero. De repente, se levanta de la silla, agarra al camarero por el cuello de la camisa y se acerca a su rostro a escasos milímetros.
- Escúchame, cucaracha maloliente. Si te pido otra más, me pones otra más, sin rechistar. ¿O acaso prefieres que salpique tu apestoso tugurio con tu cerveza y tu sangre?
- Dis...disculpe...,- tartamudea el camarero -. Yo... yo sólo...
El hombre le suelta, airado, y vuelve a sentarse, cabizbajo, sumido en sus pensamientos.
- Ten...tenga,- responde el camarero al servirle otra cerveza. Éste la toma y la bebe, sin ganas -. Dis...disculpe que le moleste, pero, ¿no sería mejor que se fuera de aquí?,- el hombre le mira, amenazante -. No... no me entienda mal, lo digo por su traje. Sería una auténtica pena que se le manchara ese esmoquin...
El hombre se mira el traje. Al momento, se bebe de un trago la cerveza. Se mete la mano en el bolsillo y luego la deja un segundo en el mostrador, mientras sale del local.
- ¡Oiga! ¡Espere!,- exclama el camarero, pero el hombre sale del local. El camarero toma el objeto que le ha dejado -. Pero... si esto es...
La gran algarabía del local solapaba su voz, pero el camarero, limpiando un vaso tras el mostrador, le pudo oír. Aquel grupo de marineros, borrachos, cantaban a viva voz canciones sobre un amor esperándoles en la otra punta del mundo, pero con cierto tono socarrón y cultivado de palabras malsonantes. La cerveza salpicaba el suelo y la ropa de aquella gente entre los vaivenes de su alegre baile.
- Ponme otra,- repite, sentado a la barra, cabizbajo.
- ¿No cree que ya ha bebido bastante?,- pregunta el camarero. De repente, se levanta de la silla, agarra al camarero por el cuello de la camisa y se acerca a su rostro a escasos milímetros.
- Escúchame, cucaracha maloliente. Si te pido otra más, me pones otra más, sin rechistar. ¿O acaso prefieres que salpique tu apestoso tugurio con tu cerveza y tu sangre?
- Dis...disculpe...,- tartamudea el camarero -. Yo... yo sólo...
El hombre le suelta, airado, y vuelve a sentarse, cabizbajo, sumido en sus pensamientos.
- Ten...tenga,- responde el camarero al servirle otra cerveza. Éste la toma y la bebe, sin ganas -. Dis...disculpe que le moleste, pero, ¿no sería mejor que se fuera de aquí?,- el hombre le mira, amenazante -. No... no me entienda mal, lo digo por su traje. Sería una auténtica pena que se le manchara ese esmoquin...
El hombre se mira el traje. Al momento, se bebe de un trago la cerveza. Se mete la mano en el bolsillo y luego la deja un segundo en el mostrador, mientras sale del local.
- ¡Oiga! ¡Espere!,- exclama el camarero, pero el hombre sale del local. El camarero toma el objeto que le ha dejado -. Pero... si esto es...
CAPITULO 1
Aquella bandada de palomas emprendió el vuelo tras ser sorprendidas por el estridente sonido de las campanas. Las enormes puertas de la catedral dejaron salir la familiar melodía interpretada por el órgano. Una algarabía de gentío se hizo oír al momento. De repente, una sucesión de atronadores cañonazos se dejaron notar. Todos miran al horizonte. El barco que estaba anclada en el puerto, a pocos metros de la catedral, lanzaba sus salvas al aire. Una silueta, apostada en la figura de proa, agitaba su sombrero vivamente. Los dos contrayentes le saludan moviendo sus brazos alegres. Una lluvia de granos de arroz les hace volver. La gente les abraza y felicita. La novia se da la vuelta en la escalinata, dando la espalda a la gente. Las mujeres se quedan al final. La novia lanza el ramo, pero el grupo se queja. El novio ríe. La novia mira de reojo un brazo sujetando el ramo detrás suyo. La novia se da la vuelta.
- ¡Robin, eso es trampa!
La arqueóloga sonríe.
- Perdona, navegante.
El brazo que nació de la espalda de Nami lanza el ramo. El grupo de mujeres corre a por él. Nami sonríe al ver la pelea entre sus amigas por el ramo. Mira a Sanji. Él la sonríe. Nami se abraza a él y se besan. Un barullo de arengas les interrumpen. Sonríen y miran a un lado para descubrir que los animadores son Usopp y Franky. Nami nota algo que le roza la pierna. Sanji se da cuenta y miran los dos.
- Te echaremos de menos,- responde con su tímida voz Chopper. Nami le toma lo aúpa y lo abraza tiernamente.
Sanji de repente se sorprende. Comienza a mirar a todas partes, como buscando algo.
- ¿Ocurre algo, Sanji?,- pregunta Nami.
- Zoro,- murmura el cocinero -. Chopper, ¿has visto a Zoro?,- el reno niega -. No ha aparecido en toda la ceremonia...
- Déjale, ya sabes cómo es,- responde Nami -. Seguro que se ha quedado dormido en el barco.
- No creo,- responde Chopper -. Yo fui el último en salir junto con Robin. Y allí no quedaba ya nadie.
- Lo mismo ha vuelto al barco.
- Sí, lo mismo...,- murmura Sanji, preocupado.
- ¡Robin, eso es trampa!
La arqueóloga sonríe.
- Perdona, navegante.
El brazo que nació de la espalda de Nami lanza el ramo. El grupo de mujeres corre a por él. Nami sonríe al ver la pelea entre sus amigas por el ramo. Mira a Sanji. Él la sonríe. Nami se abraza a él y se besan. Un barullo de arengas les interrumpen. Sonríen y miran a un lado para descubrir que los animadores son Usopp y Franky. Nami nota algo que le roza la pierna. Sanji se da cuenta y miran los dos.
- Te echaremos de menos,- responde con su tímida voz Chopper. Nami le toma lo aúpa y lo abraza tiernamente.
Sanji de repente se sorprende. Comienza a mirar a todas partes, como buscando algo.
- ¿Ocurre algo, Sanji?,- pregunta Nami.
- Zoro,- murmura el cocinero -. Chopper, ¿has visto a Zoro?,- el reno niega -. No ha aparecido en toda la ceremonia...
- Déjale, ya sabes cómo es,- responde Nami -. Seguro que se ha quedado dormido en el barco.
- No creo,- responde Chopper -. Yo fui el último en salir junto con Robin. Y allí no quedaba ya nadie.
- Lo mismo ha vuelto al barco.
- Sí, lo mismo...,- murmura Sanji, preocupado.
viernes, 2 de diciembre de 2011
ESCENA ZOSAN
Bueno, pues después de todo este tiempo, actualizo este blog con una pequeña escena ZoSan (Zoro y Sanji) un tanto... digamos... explícita.
Zoro estaba totalmente concentrado en sus ejercicios. El murmullo del mar dialogando con el leve crujido de la madera del barco alteraba el silencio profundo del camarote. Zoro miraba fijamente la barra de las pesas mientras las subía y bajaba rítmicamente, con la pauta de su respiración. Pero un leve troqueteo le interrumpe. La puerta se abre y se asoma una rubia melena de la que se asoma tímidamente un ojo y una ceja rizada.
- Zoro, ya está la comida. ¿Vas a venir a comer ya?
- Sanji,- responde Zoro, dejando las pesas e incorporándose -. Vale. Me voy a la ducha y ahora voy, ¿vale?,- Zoro se seca el sudor de su rostro con la toalla que lleva en su cuello.
- Zoro…,- Sanji entra, tímido -. ¿Qué tal estás?
- ¿Yo?,- pregunta Zoro, perplejo -. ¿Y esa pregunta, a qué viene?
- Lo digo por eso,- Sanji señala su torso. Zoro baja el rostro y mira. Tiene una cicatriz que le recorre todo el pecho, del cuello al ombligo -. No deberías de forzar mucho la máquina. De acuerdo que ya está curada, pero se te podría abrir la herida.
- Bah… No te preocupes.
- Sí. Me preocupo,- Sanji se acerca al espadachín -. En aquella pelea me dio un vuelco el corazón al verte empapado en tanta sangre.
- Pero no era toda mía.
- Pero el susto no nos lo quita nadie ya.
El silencio se adueña del gimnasio. Zoro y Sanji se miran fijamente unos instantes para luego desviar la mirada.
- Bueno…,- tartamudea Zoro -. Me voy a la ducha ya, que estoy empapado de sudor, y si no me lavo, la herida se podría infectar y...,- se da la vuelta para dirigirse a la puerta.
- Yo también será mejor que vaya a la cocina, que me he dejado algo en el fuego…,- toma el mismo camino que su compañero.
Los dos llegan a la vez a la puerta y toman el pomo. Al contacto de las manos, los dos se miran a los ojos, sorprendidos. Se quedan quietos por unos instantes hasta que, de repente, se abrazan violentamente y se besan apasionadamente, como si trataran de devorarse el uno al otro. Mientras se hallan envueltos en esa espiral de deseo carnal, se mueven por el gimnasio al tiempo que Zoro ayuda a Sanji a desprenderse de su siempre impecable traje de chaqué. Chocan con el banco donde Zoro estaba levantando pesas. Sanji cae de espaldas en él. Los dos se quedan mirándose, con la lascivia aún en sus ojos. De repente, como en un arrebato, los dos piratas se desprenden de sus pantalones y siguen con su ritual erótico.
- ¿Se puede saber qué intentas?,- pregunta Sanji, entre jadeos. Zoro trataba de separar las piernas de su amigo.
- Tú que crees.
- Espera, espera, espera.
Los dos cesan. Zoro se levanta, contrariado.
- ¿No es lo que quieres? Perdona, tío… Yo creía que…
- Zoro,- Sanji le mira en silencio, aun acostado en el banco. Abre sus piernas levemente mientras sonríe lascivamente. Zoro, al verle, dibuja una amplia sonrisa rebosante de deseo al tiempo que vuelve a echarse sobre el cuerpo del cocinero.
De nuevo, inmersos en aquel ataque caníbal, Zoro consigue fusionarse con Sanji en un solo ser. El cobrizo y robusto cuerpo del espadachín contrastaba con la pálida y delgada anatomía del rubio cocinero. Los dos participaban en una pelea que Zoro iba ganando con gran ventaja. Toda la adrenalina que el guerrero había producido durante su sesión de ejercicios ahora la despedía en aquellos embites. Sanji se aferraba a él, con fuerza, mientras sentía el cálido aliento de su amigo en su rostro. El cocinero notaba la fuerza y la rudeza de Zoro, fuertemente contrastado con su propia elegancia y dulzura. De repente, Zoro le abraza y, en un rápido movimiento, se incorporan. Sanji y él se quedan mirándose a los ojos a escasos milímetros, con las frentes pegadas. Los dos se pierden en sus oscuras pupilas, sin ser conscientes de lo que les rodea, sin ser conscientes de sus propios actos voluptuosos, ni siquiera de sus jadeantes suspiros. Sólo estaban ellos dos, cara a cara, cuerpo a cuerpo. Sanji mueve la cabeza y se dirige rápidamente al cuello del peliverde. Lo saboreaba y mordisqueaba como un vampiro que quiere probar la vida de su víctima. El salado sabor de la piel de su amigo, causado por el sudor acumulado, le hacía recordar aquellos pescados que solía cocinar en el Baratie. Por su parte, a Zoro, el albino tono de la piel del cocinero le hacía volcársele el corazón a cada rato, ya que le recordaba a la blanquecina y suave piel de su idolatrada Kuina, pero esos recuerdos desaparecían ante el escalofrío que recorría su cuerpo ante esos besos lujuriosos de Sanji en su cuello.
- Para, para, para…,- no paraba de susurrar Sanji en la oreja de Zoro. Éste se detiene.
- ¿Ocurre algo?,- le pregunta, sotto voce.
- No… no es nada,- responde Sanji, jadeante y murmurante. Le mira a los ojos y le besa suavemente para después levantarse. Zoro le mira atónito.
- Sanji… Si yo aún no…,- y se mira la entrepierna.
Sanji le mira, le toma de las piernas y le arrastra por el banco, haciendo que Zoro se tumbe en él. Rápidamente, se tumba delante de él.
- Es mi turno,- responde al tiempo que invade su intimidad masculina.
- Sanji,- responde Zoro, tratando de detenerle -. Yo no…,- Sanji le interrumpe poniendo su dedos en los labios del espadachín al tiempo que sisea.
- Tranquilo,- responde -. Yo no soy tan impetuoso como tú.
Sanji termina la frase con una dulce sonrisa, capaz de calmar y tranquilizar al más exacerbado guerrero, al más asustadizo cobarde. Zoro, como hipnotizado, se deja hacer. Sanji le separa las piernas. Sanji notaba a Zoro nervioso. Sabía que aquello le molestaba y le ponía nervioso. “Un hombre así jamás podría llegar a ser un gran guerrero”. Para tranquilizarle y relajarle, se tumbó sobre él y comenzó a jugar con aquella sorpresa que había entre las piernas del espadachín. Zoro, al primer húmedo contacto, cerró los ojos y dejó salir de su garganta una muy sentida exclamación de placer.
- ¿Qué?,- pregunta Sanji, sonriendo irónico -. ¿Esta katana si dejas que te la toquen?
Zoro le mira de reojo. Sonríe mientras le acaricia la nuca. Sanji sigue con su labor, pero sin apartar la mirada de su amigo. Tras unos instantes en los que Zoro, por primera vez en su vida, había bajado la guardia, Sanji se coloca encima de él y logra unirse a su amante.
En esta ocasión, la batalla se torna totalmente diferente a la pelea anterior. Si Zoro era rudo y de envites violentos, Sanji era más tranquilo y suave. Zoro, en su turno, sólo quería disfrutar él, pero Sanji, más romántico y dadivoso, tenía como meta en la vida hacer que los demás gozaran, tanto en la cocina como en la cama.
Al contrario que su compañero, Sanji se contoneaba sutilmente, como si en cada movimiento tuviera miedo de hacerle daño. Zoro se dejaba llevar por los sentimientos que afloraban en su mente por las caricias internas. Cerraba los ojos, como si así pudiera percibir mejor las sensaciones producidas, pero le era imposible controlar el temblor de sus párpados, llegando a abrirse levemente en varios momentos, dejando entrever sus ojos en blanco. Sanji no podía evitar dejar de mirarle, de observar aquellas muecas en su rostro, arqueando la espalda en ciertos momentos, echando la cabeza hacia atrás y abriendo la boca mientras dibuja una libidinosa sonrisa. Aquella le hacía sonreír. Entonces comenzó a pasar sus manos por el fornido cuerpo de Zoro. Todos aquellos fibrosos músculos dejaban entrever y entender los largos años que el espadachín estuvo entrenando sin descanso. Pero lo que más le llamaba la atención al cocinero era la práctica falta de vello en aquel apolíneo torso, y eso que Zoro no era de los hombres que se cuidaran en ese sentido.
Zoro logra, en mitad de aquella vorágine extasiante, levantar los brazos y palpar el delgado cuerpo de su compañero. Luchando arduamente contra aquellas sensaciones exaltantes, consigue tocar el vientre de su amigo, notando el gran contraste de color entre su piel y la de él. Subiendo la mirada se sorprende ver el destacado de la negrura de unos incipientes copetes en su pecho con la casi albinez de la piel.
Finalmente, y tras varios minutos interminables de lujuria y deseo, Zoro y Sanji consiguen alcanzar el sublime éxtasis casi místico del orgasmo, como si una explosión de gozo les invadiese por completo. En ese preciso momento, las fuerzas les abandonan, cayendo Sanji sobre el cuerpo de Zoro como un peso muerto. La agitada respiración del rubio cocinero pelea entonces por seguir el rítmico vaivén del pecho del peliverde.
- No puedo creer que esto pudiera ser tan intenso,- susurra entrecortadamente Zoro.
- ¿Cómo?,- pregunta Sanji, en un gran esfuerzo por moverse para mirarle a la cara.
- Es que… he de confesar que yo… nunca…
- Nunca lo has hecho con otro hombre,- sonríe Sanji -. Lo comprendo.
- No. Me refiero a que no… vamos… Ni con un hombre… ni con una mujer…
- ¿Que tú nunca has…?,- Sanji se queda perplejo.
- No…,- murmura avergonzado Zoro.
- Pues como primera vez, veo que has quedado bastante satisfecho,- responde Sanji, abrazándole sonriente y con ciertos aires de grandeza.
- Sanji… Yo… Es que… antes de sumarme a Luffy como miembro de su tripulación, entre los entrenamientos y las batallas contra los piratas, no tenía ni un momento de descanso. Nunca antes había yacido con nadie. Siempre había estado solo.
- ¿Cómo?,- Sanji le mirada perplejo al mismo tiempo que dibujaba una sonrisa -. ¿Me estás diciendo que tú nunca has…?,- Zoro vuelve el rostro, avergonzado -. Bueno, pero sí que te habrás desahogado… tú solo.
Zoro niega tímidamente.
- Te acabo de decir que no he tenido un solo momento de descanso…,- farfulla el espadachín. Sanji deja escapar de su garganta un amago de risa mientras seguía observando a aquel cazarrecompensas tratando de menguar para que nadie le mirara.
- ¿Pues sabes qué?,- continúa el cocinero, abrazándolo -. Que aquí tienes a un profesor al que puedes acudir cuando quieras.
Zoro le mira. Sonríe tímido.
- Gracias…
- Por cierto… No sabía que tu pelo fuese verde de verdad,- Zoro se sonroja.
- Y yo no sabía que el tuyo fuese teñido.
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