sábado, 16 de junio de 2012

CAPITULO 18

Aquella sensación le transportaba a un mundo utópico de sensaciones nuevas e increíbles. Cada beso, cada caricia le hacia experimentar sensaciones nunca antes sentidas por él. Ese maldito cocinero sabía qué hacer y cómo hacerlo. Bastó un beso, un sólo beso, en su cuello para desarmarlo. Basto un sólo beso para querer más. Bastó un sólo beso para desearlo.

Sin darse cuenta, Sanji le estaba abrazando por detrás. El contacto de su piel le hacía tener los vellos de punta, le hacía jadear como si acabara de correr una maratón, y le hacía envolverse en un sudor frío. Su cabeza le decía que se alejara, su corazón le contradecía, pero una tercera parte de su cuerpo acabó zanjando la discusión con un rotundo sí, verificado por el rubio.

Sus manos se deslizaban por su cicatrizado abdomen, cabalgando por los ásperos músculos, hasta poder traspasar la línea del pantalón. Hasta entonces, nadie, hombre o mujer, había osado y podido llegar tan lejos. Zoro seguía fuera de sí, en aquel mundo maravilloso de explosiones, sin ser consciente del sacrilegio cometido por su amigo.

- ¿Qué tal lo llevas?,- murmura Sanji, entre caricias y besos. Zoro entreabre los ojos para intentar mirarle, pero seguía sumido en aquel sueño, y, como si de la duermevela se tratase, fundió ambos mundo, el fantástico y el real, y acabó viendo a su amigo envuelto en un halo de fantasía. De repente, como poseído por una fuerza extraña, toma al cocinero de la cabeza y lo besa apasionadamente, forzándolo a caer en la cama. Sus lenguas comenzaron una extraña batalla, mostrando el mismo carácter que el de sus dueños: la de Zoro enseñaba una fuerza sobrehumana y dominadora, la de Sanji era más suave y sumisa. En un momento de extrema pasión, Zoro se deshace de la camisa de su amigo tirando con fuerza de la pechera, saltando los botones y mostrando su pálido torso -. Calma, fiera,- sonríe Sanji.

Zoro se detiene, asustado.

- Lo... lo siento,- tartamudea Zoro, calmado totalmente -. Este... este no soy yo. No sé qué me ha podido pasar...,- se aleja de él.

- Yo sí lo sé,- Sanji le retiene tomándole del hombro -. Es normal que se haya desatado esta pasión en ti. Llevas muchos años guardándolo y tarde o temprano tendría que explotar.

- Pero yo...,- murmura Zoro, entre lloroso y aterrado por su pronto.

- Tú déjame a mí,- responde el cocinero, forzando al peliverde a tumbarse. Pidiendo la revancha contra su lengua, Sanji se coloca encima de Zoro, envolviéndolo en un sinfín de besos y caricias por todo el cuerpo, recreándose en las zonas más sensitivas. Zoro luchaba contra sí mismo para no volver a actuar como hacía un momento, pero el cúmulo de sensaciones era demasiado grande. De repente, Zoro abre los ojos de par en par. Su mirada quedaba fija en el techo. Lentamente bajaba el gesto para mirar a su amigo. Ya estaban los dos desprovistos de ropa, y Sanji jugueteaba con su propio sexo, rozando la intimidad de Zoro, con cierto halo de malicia en su sonrisa.

- No, por favor...,- susurraba, aterrado, el peliverde -. Te lo suplico...

- Tú me has hecho padecer mil penurias con tu suicidio,- responde Sanji, con tintes sádicos en su voz -. Ahora es mi turno para hacerte sufrir. ¿Lo haré o no lo haré? Veamos...,- Sanji escenificaba una falsa duda, con la mirada gacha y una de sus manos acariciando su barbilla.

- Sa... Sanji...

Sanji le mira, sonriente. Se acuesta sobre él. Se queda a pocos centímetros de su rostro, fijando su cada vez más siniestra mirada en las aterradas pupilas de Zoro.

- No... Por favor...

- Pero, ¿no era lo que querías?

- Pero es que...

- Ahora no te hagas el remilgado. ¡Si tú hasta hace un minuto me arrancaste la camisa de cuajo!

- Pero ya te he dicho que yo...,- pero Zoro no puede continuar porque Sanji le calla con un beso. Zoro trataba de hablar, gimiendo, pero Sanji no le hacía caso. Zoro se desesperaba cada vez más, hasta que su cuerpo acaba arqueándose fusionado con un quejido lastimero y con una lágrima saliendo de sus ojos, cerrados con fuerza.

Porque Sanji, finalmente, lo hizo.



sábado, 9 de junio de 2012

CAPITULO 17

Zoro abre de repente los ojos, asustado. Se sorprende al encontrarse a sí mismo jadeando. El corazón le late con gran fuerza y rapidez que pareciera se le fuera a salir del pecho. Todo estaba oscuro y en silencio, salvo por el familiar crujido del barco siendo mecido por la suave marejada.

- Ha sido un sueño... Otro,- piensa, tratando de calmarse. Pero nota peso sobre su pecho -. Pero qué...

Y ahí estaba él, a su lado, abrazándolo. Se queda mirándolo, durmiendo. Su rostro tornaba tan angelical... Entonces, como un impulso involuntario, le quiere abrazar, pero temeroso de despertarle, simplemente le acaricia el brazo que lo envolvía. Al recorrer el brazo, llega hasta la mano, y aparta el brazo asustado. Apenas había luz en ese camarote, pero la suficiente como para que brillara el anillo de Sanji. Multitud de pensamientos se agolparon en su mente.

- No, no, no,- se repetía sin cesar -. Esto no puede estar ocurriendo. ¡Nunca debió ocurrir!

Pero... ¿qué ha ocurrido? Zoro no recuerda nada. Lo último, que Sanji se le abalanzó en la cocina. Trata de deshacerse del abrazo de Sanji, pero éste se despierta.

- ¿Qué tal estás?,- pregunta el cocinero, somnoliento.

- Bien...,- tartamudea Zoro, tratando de salir de la cama -. Muy bien...

- Me has asustado.

Zoro se queda sentado al borde de la cama.

- ¿Asustado? ¿Cómo que asustado?

Sanji se incorpora.

- Antes, cuando... bueno, cuando te besé en la cocina, te desmayaste. Al principio no supe reaccionar, pero cuando vi aquella gota de sangre aparecer por tu nariz, pues...,- Zoro, al oír aquello último, se lleva instintivamente la mano al rostro. No hay nada -. ¿Quién iba a pensar que tú, un rudo y apático samurai pudiera sangrar por....?,- sonríe -. Y en ese momento apareció Chopper. Se asustó él también. De repente, se puso a gritar como un loco "¡Un médico! ¡Un médico!" Quiso salir de la cocina y gritar por todo el barco... Bueno, tú ya sabes cómo es él,- sonríe -, pero le pude parar y taparle la boca. Le dije que él era médico, pero que no se preocupara. Le dije que tan sólo estabas durmiendo. Gracias a Dios que no te vio sangrar, si no, la habríamos liado.

- Pero, ¿entonces? ¿Te has atrevido a... mientras ellos...?

- No, se han ido a la isla. Yo me he quedado para cuidarte...,- le acaricia la espalda.

- Pero... ¿tú y yo...?

- No,- ríe sonrojado -. Cuando te he traído parecías un ángel. Eres tan diferente durmiendo a cuando estás despierto...,- ríe -. Y no he podido evitar acompañarte. Perdona si te he hecho sentir violento o algo, pero no he podido evitarlo.

Zoro se levanta de la cama de un salto.

- No, Sanji. Esto no puede ser,- Sanji se asombra del tono tan serio de la voz de Zoro -. Tú estás con Nami. Lo quisiste desde el primer día que la conociste. Y no puedes estar conmigo. Tú no eres como yo. Tú no...

- Tú eres mi amigo,- le interrumpe, sentado sobre la cama -. Y estoy aquí para lo que necesites. Cualquier cosa. Si un día, de repente, te da por querer hablar con alguien, aquí me tienes. Sólo quiero que lo sepas.

Zoro no se mueve, sigue dándole la espalda. No quería que él supiera que una simple palabra suya le hería y desarmaba más que todo un batallón de la Marina. No, no quería que supiera que una sóla palabra suya era más fuerte que él.

- Zoro...

Aquel susurro en su oído, aquellas manos asiéndole de los hombros, ese aliento, cálido y fresco a la vez, en su cuello. Volvió a cogerle de desprevenido. Ya era la tercera vez.

- Quiero que sepas que estoy aquí para hacerte feliz. No quiero que estés triste. Nunca. Dime una cosa, ¿qué es lo que ahora mismo te haría feliz? Lo que más...

- ¿Lo que más?,- murmura Zoro con la voz entrecortada.

- Sí... Lo que más...,- la voz de Sanji se desvanece poco a poco para convertirse en un sensual sello labial que imprime en el cuello del espadachín.

sábado, 2 de junio de 2012

CAPITULO 16

- Zoro,- Sanji se sienta a su lado -. ¿Podemos hablar?

- No hay nada que hablar,- Zoro le da la espalda.

- Tranquilo, sólo quiero hablar contigo. Como antes. Como amigos. De lo que sea.

- Sé de lo que quieres hablar. De... aquello.

- Bueno... sí y no,- Zoro se levanta torpemente -. No te vayas, Zoro. Te prometo que no te pondré en ningún apuro. Sólo quiero hablar, como amigos -. Zoro vuelve a tomar asiento, exhalando un suspiro marcadamente molesto -. ¿Desde cuándo...?,- el voluntario silencio de Sanji hace que su amigo le mire a la cara. Al momento, Zoro vuelve a levantarse -. ¡No, no es eso! .- Zoro vuelve a tomar asiento -. Creo que no he sabido elegir bien las palabras... Veamos... Quise decir que... ¿Desde cuándo... tú... a ti...?

- ¿Desde cuándo me gustan los hombres?,- Zoro forma la pregunta, mirando a Sanji. Al momento, vuelve el rostro -. No creo que te incumba.

- Zoro...

Zoro vuelve a mostrar su fastidio en otro hondo suspiro.

- Bien. Te contaré mi vida, si tanto insistes. Ya sabéis todos que yo me formé como espadachín en el dojo de mi maestro desde que tengo uso de razón.

- Sí, eso sí. Y el origen de tu promesa también.

- Pues desde lo de Kuina me estuve entrenando día y noche para poder llegar a ser el mejor espadachín del mundo. Cuando cumplí los trece años, presencié una batalla entre dos hombres que me hizo desear aun más aquel anhelo. Uno de esos hombres era Mihawk. Ahí descubrí que Mihawk era, sin duda, el mejor espadachín del mundo, y si yo quería serlo, debería derrotarlo. Entrenando no sabría nunca si sería bueno, así que tendría que buscarme contrincantes, y dos años después tuve mi primera gran oportunidad: un grupo de bandidos estaban asolando una ciudad y me decidí a enfrentarme a ellos. Acabé bastante malherido, pero les derroté a todos ellos. Después me enteré que eran piratas.

- Y de ahí tu famoso mote.

- La gente me pagaba con comida y dinero, mucho dinero. Además, me llegaban a ofrecer alojamiento y atención, pero rehusé. Desde que abandoné el dojo hasta aquella primera gran pelea, viví sólo, y llegué a despreciar la compañía humana hasta límites increíbles.

- Pero, eso no quiere decir que...

- Todo cambió cuando conocí a Luffy. Él me rescató de una muerte segura con los marines. Yo me había formado la idea (totalmente errónea) de que el ser humano era malo por naturaleza, y así acabé yo. Pero Luffy me hizo cambiar de opinión. No me conocía de nada y, sin embargo, me liberó. Sin pedir nada a cambio. Ahí me di cuenta de que no todo el mundo es malo. La forma de ser de nuestro capitán, tan infantil, me hizo replantearme mi vida. Luego os conocí a ti y a Nami. La verdad es que Nami, al ser mujer, no me atraía lo más mínimo. Y eso que, después de media vida solo, el poder ver a una mujer me haría revivir la hombría de mi interior, pero nada. "Es señal de mi total desprecio al ser humano el no sentir nada", pensé. Pero tú... Cuando te conocí, tras la batalla del Baratie y mi enfrentamiento con Mihawk, algo empezó a surgir dentro de mí. No sé si estaba conmigo desde siempre o qué, pero al verte, tu forma de ser, tu caballerosidad, tu forma de hablar, tus halagos... No sé, creo que algo en mí se removió y... Durante todo este tiempo estuve en un mar de dudas, porque jamás sentí algo como aquello. Pero ya sé lo que es...

- Y en todo ese tiempo, ¿tú nunca antes habías...?

- No,- responde, sonrojado, el peliverde.

- ¿No? ¿Nada? ¿Nunca?

- Déjalo...,- murmura Zoro, volviendo el rostro.

- Tranquilo. No pasa nada. Si te he de ser sincero, yo tampoco,- el sonrojo se contagió a las mejillas del rubio.

- ¿Tú?,- pregunta Zoro, sorprendido -. No me lo creo. Sólo me lo dices para sentirme mejor.

- No, en serio. Bueno... un par de veces estuve a punto de... pero no llegó a nada.

- Entonces, ¿Nami?

- La dije que, a pesar de ser un casanova, quise esperar a la mujer de mis sueños, la mujer con la que seguro pasaría el resto de mi vida. Entonces, tú nunca has besado a nadie.

- No. Nunca.

- Lo noté cuando me besaste en el bosque...- de repente, Sanji se acerca a su amigo lentamente -. Si quieres, yo puedo enseñarte.

- Creo que ya hemos hablado demasiado...,- Zoro se dispone a levantarse de la mesa, pero Sanji le retiene tomándole del brazo, volviéndole y besándole lentamente en los labios.


sábado, 26 de mayo de 2012

CAPITULO 15

- ¡Es cierto! ¡Un año antes yo solo defendí a mi pueblo de un monstruo marino que medía más de 50 metros!

La fantástica historia que narraba Usopp no era creíble para nadie, excepto para el siempre infantil Chopper, quien le miraba con los ojos abiertos y la mirada fija. El narizotas trataba de hacer su historia aún más interesante, pero nadie le tomaba en serio; es más, hasta Luffy, su propio capitán, se reía delante de él.

- Usopp, por eso te escogí para mi tripulación. ¡Eres muy divertido!

- Tú sí que me crees, ¿verdad, Nami?

- A mí no me metas,- comenta la pelirroja, concentrada en su tazón.

- ¿Sanji?,- el cocinero le da la espalda mientras trata de apurar los últimos sorbos de su café -. ¿Y tú, Zoro? Tú sí que me crees, ¿verdad?

Zoro acababa de traspasar el umbral de la cocina. Aún estaba tratando de exiliar aquellos pensamientos que le habían atormentado toda la noche, pero intentó que no se notara.

- ¿Qué es esta vez?,- pregunta el espadachín, con su voz seria y semblante apático -. ¿Lo de la batalla contra cien mil marines? ¿O tal vez lo del mago que casi te robó el alma? ¿O es lo de...?

- Ya veo que ninguno de vosotros me cree...,- murmura Usopp, enojado -. Será mejor que me vaya.

Se levanta y sale, malhumorado, de la sala.

- ¡Espera, hombre!,- exclama Luffy -. ¡Que yo quiero saber cómo sigue esa historia!,- sale detrás de él.

- ¡Y yo, y yo!,- Chopper les sigue.

- ¿No te acuestas?,- pregunta, sorprendido, Franky.

- Em... No, no tengo ganas de dormir.

- ¿Algo te ronda la cabeza, espadachín?,- pregunta Robin, dejando a un lado el libro que estaba leyendo.

- ¿El qué?,- la faz de Zoro se torna casi albina. Su espalda comenzaba a notar de nuevo el frío sudor del que antes creía haberse librado en el baño -. No sé a qué te refieres,- Zoro trata de evadir la pregunta, centrándose en su desayuno.

- Yo sé lo que es,- responde Brook -. Aún sigue pensando en cómo puedo sentir si sólo soy huesos,- y finaliza su frase con una característica risa.

- No creo que sea eso,- responde Nami -. Yo también llevo un par de días que no consigo dormir más de tres horas seguidas. Y es porque estamos atravesando una parte del mar en la que las horas de sol son diferentes a las que estamos acostumbrados, y eso altera nuestro reloj biológico. Es normal. Y, si mis cálculos no fallan, saldremos de aquí en un par de días, y volveremos a nuestro horario habitual de sueño otros dos o tres días más tarde.

- Pues espero que nadie nos ataque hasta entonces,- responde Franky.

- Tranquilo, no creo que nadie sea tan tonto de atacar un barco si sufre los mismos inconvenientes que nosotros,- responde Sanji.

- A no ser que viva aquí, y ya esté acostumbrado,- intercede Brook.

- No, no lo creo,- responde Nami, tras pensar la respuesta unos segundos.

- Bueno...,- suspira Franky, levantándose de la mesa -. Creo que me voy a echarle un ojo a ese motor, a ver si hoy consigo repararlo.

- Y yo voy a repasar el mapa de la siguiente zona,- Nami se levanta igualmente -. Robin, ¿me prestas alguno de tus libros?

- Por supuesto, navegante.

Los tres salen de la cocina, quedando en ella Zoro, sentado a la mesa, Sanji, apoyado en la encimera, delante de él, y Brook, sentado al lado de Zoro, tomando su café con exagerado carácter inglés. El silencio se hizo entre ellos.

- Brook,- responde Sanji -. ¿No vas a echarles un ojo a Luffy y a Usopp? Podrían terminar haciendo de las suyas.

- Nami bien puede ocuparse .- Sanji le responde con un ligero carraspeo, seguido de un leve movimiento de sus ojos. Brook comprende y se levanta, rápido -. Aunque, pensándolo bien, será mejor que vaya yo, no sea que si Nami intercede la hagan daño. A mí me da igual que me lo hagan, como estoy muerto,- y se va, emitiendo de nuevo tan cantarina carcajada.

- Zoro,- Sanji se sienta a su lado -. ¿Podemos hablar?

sábado, 19 de mayo de 2012

CAPITULO 14

Zoro abrió los ojos de golpe. Se quedó durante unos instantes con la mirada fija, los ojos abiertos hasta el límite de salirse de las cuencas, las pupilas prácticamente dilatadas al máximo y con el miedo y la sorpresa haciendo mella en su rostro. La frente la tenía perlada de sudor. Respiraba agitadamente. Al fin, logra calmarse, y cierra los ojos al posar una de sus manos ante ellos.

- Menos mal...,- suspiraba jadeante -. Ha sido un sueño...

Zoro lentamente se incorpora. Sin darse cuenta, se había quedado dormido recostado de mala manera en el puente del barco. Cuando consigue incorporarse en una postura mejor, echa el cuerpo hacia delante, posando sus brazos en sus rodillas, elevadas y flexionadas, y esconde su cabeza en el círculo formado por sus brazos. Tras quedarse unos instantes en esa postura, pensativo, mete su mano en su bolsillo. Aún seguía dentro. Observó aquel aro que comenzaba a refulgir con los primeros rayos del sol que despertaba en el horizonte.

- Será mejor que me asee,- piensa mientras guarda de nuevo el anillo en el bosillo, se levanta y se acerca a la borda -. Tengo el cuerpo tan pegajoso que me costará quitarme el kimono.

Mira absorto durante un momento el mar, se quita el kimono, lo deja ordenadamente colocado en el suelo del barco y se tira por la borda. Ya en el mar, decide bucear un rato, olvidarse de todo lo que había soñado, no quería que aquello le perturbara hasta el punto de volver a pensar en el suicidio.

- Zoro,- se decía a sí mismo -. Sanji ya lo sabe todo, y te ha dicho que no pienses más en ello. Seguís siendo amigos. Olvídate... ¡Olvídate!

Tras un rato nadando y buceando cerca del barco, decide volver a bordo. Busca la escalinata que pusieron en el barco hace unos días, para poder subir si alguno de ellos caía accidentalmente por la borda y sube por ella hasta llegar junto a sus ropas. Las toma entre sus brazos y entre al interior del barco, en busca del camarote del aseo. Allí estaba el ofuro vacío, sin agua. Zoro se arrodilla junto a la tina, abre del suelo una pequeña trampilla. Toma un cazo de su lado y lo sumerge en el agua que aparecía debajo, llenando con ella la tina. Cuando ya está llena, se mete. Se sumerge hasta el cuello en ese agua, que se calentaba gracias a la brillante tecnología de la que lo dotó Franky. El vapor le hace adormecerse. Le vuelven a asaltar los recuerdos de aquel maldito sueño. Empezó a recrearse en todo, en el cuerpo de Sanji, su supuesto contacto, su idealizado olor. Lo recordaba todo, la respiración entrecortada de Sanji, su aliento sobre su pecho al terminar, las embestidas, los roces, los abrazos...

- ¿Quién está ahí dentro?

Zoro abre los ojos, sorprendido y ruborizado.

- ¿Quién está ahí dentro?

- Y... yo

- ¿Zoro?,- Sanji deja de aporrear la puerta -. Perdona, creí que seguirías de vigía. Voy a ir a preparar el desayuno. Ve saliendo, que los demás no creo que tarden en levantarse.

- De... de acuerdo.

Zoro mira la ondeante agua de la tina. Su transparencia le deja ver nítidamente su miembro entre sus manos.

- ¿Qué estabas haciendo, maldito pervertido?,- piensa, entre asustado y burlón.

Sale de la tina, toma una toalla, se seca, se la enrolla alrededor de la cintura y entra en su camarote para vestirse.



domingo, 13 de mayo de 2012

CAPITULO 13

- No sabes el tiempo que he estado esperando esto,- murmuraba Zoro, entre jadeos.

Tumbados en el puente del barco, bañados por la pálida luz de la luna, Zoro y Sanji se fusionaban en un remolino de lujuria y pasión. Los fuertes jadeos de ambos formaban una peculiar sinfonía sensual, unida a peleas entre ambos para desnudarse. Zoro ansiaba despojar a su amante de su traje, y el cocinero quería terminar lo que había empezado, pero el haramaki de Zoro le entretiene demasiado. Tras un sinfín de vueltas y rodando por el suelo, Sanji logra tomar la iniciativa, logrando imponerse al espadachín, algo inaudito, por otra parte, sabiendo de la gran fuerza de éste. Sanji se levanta, apoyando sus manos en las muñecas del guerrero, quien se encuentra atrapado y sin poder defenderse. Sanji sonríe maliciosamente.

- ¿Qué se siente tras ser vencido por alguien más débil que tú?

- ¿Que qué se siente?,- responde Zoro, con una tímida sonrisa asomando en su rostro -. Siento cómo el deseo y el ansia se van apoderando de mí.

Sanji se agacha despacio, con intención de besarle, pero en el último momento, justo cuando Zoro levanta el rostro, Sanji se separa, sin borrar su sonrisa, esa sonrisa tan socarrona que le mataba de placer.

- ¿No puedes aguantarte?

- No.

Sanji logra soltar una de las muñecas de Zoro, consiguiendo domarlo para que no se mueva. Lleva su brazo tras de sí, palpando la entrepierna del guerrero.

- Ya lo veo.

Sanji juguetea con el miembro de Zoro, mientras éste se deja hacer. De repente, Zoro se incorpora y se avalanza sobre el concinero para devorarlo con besos. El tono ocre de la curtida piel del peliverde contrastaba visiblemente con el pálido y suave cuerpo de Sanji. Mientras siguen con el arrebato pasional, Sanji vuelve a doblegarlo mientras ambos pelean por despojarse de su ropa inferior.

- Es... espera,- susurra Zoro, entre jadeos -. No. Aún no...

Pero su compañero no le oye. Intenta irrumpir en lo más íntimo de él. La mezcla de dolor y excitación le perturbaba, el choque de esas dos sensaciones era tan radical que creía desmayarse. Zoro no podía mantenerse consciente, aquella sensación le mareaba, le dejaba sin fuerzas. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Sólo sentía la fuerza de los envites de Sanji, su aliento sobre su garganta cuando las fuerzas le abandonaban y se tumbaba sobre él, la sensación pegajosa de su piel sudorosa. Zoro sentía cercano su éxtasis, piensa que va a morir, lucha por mantenerse consciente, por abrir los ojos y mirarle fijamente a su amante, pero no lo consigue, le es imposible. Los jadeos del cocinero son cada vez más cortos y cercanos entre sí, hasta que culminan en un estallido de mil sensaciones. Sanji, sin fuerzas, cae pesadamente sobre el cuerpo del espadachín.


sábado, 5 de mayo de 2012

CAPITULO 12

Zoro estaba observando la alianza. Estaba como hipnotizado por ella, mirando atentamente el brillo dorado y los kanji inscritos. Poco a poco, los sentimientos tristes y suicidas habían abandonado su mente. Ya sólo su mente era gobernada por la imagen de Sanji, su amigo, sonriendo. Hacía ya varios días que el cocinero le había entregado aquella alianza, pero apenas había podido parar a observarla atentamente y dejarse llevar por sus sentimientos y pensamientos.


Por fin, aquella noche, la noche de su turno de guardia, podría mirar el anillo y poner en orden sus meditaciones. La luna brillaba en todo su esplendor, ayudando al joven en su adoración, y hasta daba la sensación de que hasta ella misma se había acercado para ver ella también la alianza. En más de una ocasión, le entraron ganas de ponerse el anillo, para ver cómo le quedaba y qué se sentía, pero el samurai se retractaba a tiempo. ¿Y si luego no podía quitárselo? ¿Y si todos le preguntaban por el anillo? ¿Y si Nami lo reconoce? "Procura que Nami no lo vea. La he dicho que, tras tu supuesta batalla con el Cetero, éste te registró y te las robó". Zoro sonríe.


- ¿Qué te he dicho?


Volvió a pasar. Zoro no sabía por qué, pero ya era la segunda vez que Sanji le sorprendía si que él se enterara de su presencia.


- Perdona...,- se guarda la alianza en el bolsillo. Sanji se sienta a su lado. Zoro estaba sentado, acurrucado en uno de los extremos del puente del barco -. ¿Qué haces despierto a estas horas?


- No podía dormir y pensé en venir a hacerte compañía... ¿En qué piensas?


- En nada,- Zoro no apartaba la mirada del suelo -, y en todo.


- ¿Puedo saberlo?


Zoro le mira. De repente, tuvo ganas de decírselo todo, de abrirle su corazón y contarle toda su vida, hasta los más ínfimos y superfluos detalles, pero no encontraba las palabras... ni la valentía. Vuelve el rostro.


- Ya lo sabes todo,- murmura.


Sanji le rodea con el brazo por los hombros.


- Te vuelvo a repetir que, cualquier cosa, estoy aquí,- sonríe. Zoro también dibuja una medio sonrisa tímida, pero no le mira. Sigue inmerso en observar la madera del suelo del barco. Pero algo le devuelve a la realidad. Ha notado algo en la mejilla, algo que, aunque ha durado medio segundo, le ha hecho estremecerse como nunca. Algo que ha hecho que sus ojos se abrieran de par en par por el asombro, sus mejillas se encendieran alcanzando un rojo intenso y su corazón comenzara a latir a pasos agigantados.


- ¿Qué... qué has hecho?,- la voz apenas le salía al peliverde. Sanji, sonriendo a su lado, no contesta, tan sólo se limita a repetirlo. Pero esta vez baja de la mejilla al cuello. Aquella sensación, aún más intensa, le hace cerrar los ojos, para dejarse llevar a un imaginario mundo extasiante. Entreabre sus labios para exhalar un sentido suspiro casi orgásmico. Aquello comenzó a acentuarse poco a poco cuando notó cómo la fría y blanca mano del cocinero traspasó sus ropajes y entró, al fin, en contacto con su erizado torso. Aquello lo estuvo esperando toda su vida. Se imaginaba que, en cada contacto, se iría directo a su yugular, a su cuerpo entero, como una fiera a punto de despedazar a su presa, pero no se movió, se quedó quieto, como una estatua, quizá paralizado por las mil y una sensaciones que todo aquello le producían. Él, un guerrero formado en mil batallas, un samurai como los de antes, capaz de dominar sus sentimientos, cuando no los había ya exiliado de su alma; él, ahora, estaba siendo dominado por todas aquellas sensaciones que durante años había aprendido a dominar. La mano de Sanji sube hasta su hombro y ayuda a que la manga del kimono se deslice. Zoro vuelve el rostro, tratando de esconder la extrema rojez que le envolvía. Cuando el kimono ya dejaba visible su torso, el cocinero comenzó a saborear cada punto de su itinerario del cuello al hombro, el pecho, bajando al estómago para subir repentinamente hasta encontrarse con los labios del tímido espadachín. Al principio se quedaron así, labio con labio, pero Sanji consiguió hacerse un camino con su lengua hasta poder penetrar y conquistar la del peliverde, entablando una batalla con la lengua de Zoro. Y ahí fue donde Zoro, finalmente, pudo mostrar todo lo que llevaba guardando toda su vida.